Balseros
Balseros

París, 21 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Te envío este interesante testimonio de la Sra. Marta Requeiro, ella me lo mandó ayer desde Miami. Te ruego, que como sueles hacer, lo difundas allá en nuestra querida San Cristóbal de La Habana.

“Miami, 20 de marzo de 2016.

Lo que no nos mata nos fortalece, lo más penoso es que también nos dispersa.
En el mes de abril de 1980, varias personas allanaron la embajada del Perú en La Habana, estrellando un autobús contra el portón. Durante el acto salió herido el custodio, que en su afán por mantener el orden se disparó él mismo de forma accidental, al pretender empuñar el arma que nunca usaba, y muriendo poco después camino al hospital. Los diplomáticos acogieron a los ocupantes que en busca de asilo político habían entrado a la sede de la nación andina, y Fidel amenazó entonces con retirar la custodia de la misma si no sacaban los intrusos.

A la embajada peruana pareció no importarle y se negó a dejar salir a los cubanos; con el fin de protegerlos de futuras encarcelaciones. Pasados varios días, el gobernante hizo cumplir su promesa: retiró la guardia de protección a la sede diplomática. Debido al hecho de que ellos no respetaron su petición y no quisieron sacar a los ocupantes.

Los medios de comunicación, siempre al servicio del gobierno, dieron a conocerse la noticia de que la embajada ya no estaría protegida. Más de 10.000 personas provenientes de todas partes del país, entraron en la instalación llenándolo todo: los jardines, los techos, los árboles; y permaneciendo allí por varios días en espera de salvoconductos para salir de Cuba.

Recuerdo haber visto en las noticias un señor en silla de ruedas que lo cargaron en peso para cruzarlo por encima de la reja que daba a la calle, y luego le pasaron de igual manera el sillón. La embajada fue ocupada por jóvenes, viejos, homosexuales, discapacitados, mujeres con niños; personas de toda índole.
Fidel necesitaba resolver la metedura de pata y, desesperado, no encontró otra salida a su error que permitirle a los exiliados en Miami, que quisieran recoger a sus familiares, atracaran sus embarcaciones en el puerto del Mariel, al oeste de La Habana, y se llevaran a todo el que quisiera irse.

Cuando las primeras embarcaciones llegaron a dicho puerto en busca de los suyos, se fueron sin mayores complicaciones. Pero después de varios viajes entre Florida y La Habana, no se le ocurrió otra cosa al cabecilla del gobierno que dar la orden de llenar las embarcaciones que llegaran con personas de todo tipo de condición.

El éxodo comenzó a tener implicaciones políticas negativas cuando se supo que una parte de los exiliados provenían de cárceles y hospitales psiquiátricos, y se empezó a decir que todos los que zarpaban rumbo a Estados Unidos eran escorias de la sociedad cubana. A los que salieron de ese puerto en esa época, se les conoce como “Los Marielitos”.

En los años que siguieron muchos cubanos se lanzaban al mar en su desespero por dejar detrás la situación calamitosa en que vivían, aumentadas por el constante futuro incierto. De hecho, siempre ha sido reconocido este actuar como un escape, desde antes y hasta hoy, a la situación asfixiante imperante en la isla.

Pero el 13 de julio de 1994, pretendía ser un día como otro cualquiera hasta que se supo la noticia: cerca de las dos de la mañana y aprovechando la oscuridad de la noche, por la Bahía de La Habana, una vieja embarcación que había sido tomada, con más de setenta personas a bordo, pretendía huir sigilosamente de Cuba hacia los Estados Unidos. Era el remolcador “13 de Marzo”.
Fue interceptado por cuatro barcos, que cumpliendo órdenes del gobierno; y equipados con mangueras de agua a presión, embistieron intencionalmente la precaria embarcación, observando cómo lograban, a siete millas del Morro de La Habana, hacerla zozobrar; dejando un saldo de 41 muertos, de los cuales 10 eran niños, sin prestarles ayuda o socorro en ningún momento.

Los medios de comunicación cubanos mantuvieron silencio en torno a los hechos durante varias semanas, a pesar de las insistentes denuncias que los sobrevivientes habían logrado hacer en los medios internacionales de comunicación. A los veintiún días, el 5 de agosto; el presidente Fidel Castro calificó como “esfuerzo verdaderamente patriótico” la actuación de las personas involucradas para evitar el robo de la embarcación.

Hasta la fecha el gobierno cubano asegura que el hecho fue un accidente; y no ha juzgado, ni condenado a ninguno de los participantes en la acción homicida; a pesar de que el código penal establece que los delitos cometidos por imprudencia también deben ser sancionados.

Los ánimos ya estaban caldeados y la desaprobación por lo ocurrido recientemente en La Bahía de La Habana, se conversaba con cautela entre amigos y familiares, y el descontento y la impotencia se deducían eran de carácter general. El 13 de agosto de 1994, exactamente un mes después de lo ocurrido con el remolcador, Fidel da un discurso donde afirma que a partir de ese momento dará la orden de retirar la guardia fronteriza de las costas cubanas y se permitiría salir del país a cualquier persona que lo deseara.

La estampida de los desesperados cubanos que se lanzarían a la mar no se hizo esperar, ocasionándose así la mayor crisis de balseros conocida en la historia.
Por su parte el presidente de turno del vecino país del norte, Bill Clinton, quiso poner orden en éso y decretó la intercepción y el traslado de los balseros a la Base Naval de Guantánamo. Aproximadamente 33 mil cubanos fueron detenidos en alta mar por los guarda costas americanos y enviados al albergue temporal en la base naval antes mencionada, situada en la provincia de Guantánamo, en la zona oriental de la isla, y que les ha pertenecido por años.

Viviendo en la localidad de Cojimar, cuyo, nombre proviene del lenguaje Arauco, y significa: entrada de agua en tierra fértil, “mi patria chica” como la llamara Hemingway. No estábamos ajenos a lo que se vivía en el país, por supuesto, y no quedó exento de la desbandada de balseros que buscaban salir a cualquier hora del día por la costa cojimera, embarcados en las más rudimentarias balsas jamás construidas, algunas con diseños futuristas, y otras tan rudimentarios que retaban las leyes de la física en cuanto a flotación.

Asomándonos a la acera de la casa divisábamos la costa, y al tumulto de personas que daban los toques finales con todo lo que encontrasen: sogas, alambres, cadenas, tablas, etc., a las embarcaciones en las que depositarían sus esperanzas y sus sueños camino a un mundo mejor.

Mi esposo iba a trabajar y mis hijos, mi madre y yo, pasábamos parte del día contemplándolos y auxiliándolos. Dejándolos pasar al baño y al portal para que se guarecieran del sol, dándoles agua, y llenándoles cualquier depósito del preciado líquido, para que tuvieran para la travesía.

La exaltación se podía cortar en el aire, se vivía un momento histórico único: “la autorización del gobierno para que se fuera el que quisiera”. Venían de todas partes de la ciudad y provincias cercanas, aunque me atrevo a asegurar que de cualquier parte de la isla. Los portales y las aceras de las casas estaban llenos de curiosos que veían pasar por el frente, como un carnaval, el desfile de balsas, diversas en tamaños y formas. Vimos varios tanques soldados entre sí para hermetizarlos y lograr que flotaran, vestidos con cámaras de camión encima para dar comodidad y un auto al que le habían sacado las gomas y sellado por debajo.

Los balseros se pertrechaban de lo que podían. Y era extraño ver que todo se hacía en las narices de los del C.D.R. (Comités de Defensa de la Revolución), esos que siempre estuvieron atentos a los que se iban para dar la voz y que los cogieran antes de salir, o los interceptaran en el mar, motivo más que suficiente para declararlos disidentes y hacerlos cumplir condena carcelaria.

La costa de Cojimar con su afilado roquerío conocido como “dientes de perro”, hacía que hubiese que tener sumo cuidado y hacer equilibrios y peripecias entre varios, para logra que las rústicas embarcaciones llegasen al agua sin problemas, muchos no lo lograban y tenían que ponerse a reparar ahí mismo el daño causado por el inesperado y brusco roce de la embarcación sobre las rocas. Otros desconociendo el terreno, se herían sus pies y necesitaban de ayuda de los vecinos o sacaban de las envolturas lo que llevaban como botiquín de primeros auxilios.

Entre los puntos de referencia para las salidas estaba la destartalada y en desuso fábrica de caramelos de la localidad, la bajada al mar por “Claro de Luna” o por El Torreón, entre otros, y el de mejor acceso eran la zona arenosa entre el Cachón y La Puntilla, o la playita como se conocía, pero era tanto el gentío y la locura que la gente se amontonaba y a la distancia no se veía el mar, sólo cuerpos moviéndose de un lado a otro.

El que no tuviese una embarcación podía aprovechar las ofertas que se dejaban saber en los pregones de improvisados y sudorosos organizadores, que con listas en mano sabían los nombres de los que tenían una propia, y la cantidad de personas que cabían en ella; dando la oportunidad al interesado de anotarse con premura con el fin de ocupar cualquier medio de navegación disponible que no tuviese todos sus pasajeros. Acordaban antes el precio, y ya a bordo efectuaban el pago.

No se iba nada que flotara donde no cupiera una persona más, muchas mascotas subían también. Así vimos partir los primeros y perderse en el horizonte. Cómo familias enteras se desmembraban: unos se despedían con un último abrazo empapado en llanto, otros se iban sin avisar. Un amigo embarcó después de ser dado de alta con una recién efectuada operación de apéndice y su madre no lo supo, tenía entonces veinte años; tiempo después supimos que llegó. Esposas despedían a sus maridos, madres a sus hijos, matrimonios de jóvenes con niños en brazos subían y se apretaban en las embarcaciones, mujeres embarazadas, y viejos que decidían estar aprovechando la última oportunidad de sus vidas e ir en busca de cumplir sus aspiraciones. Todos sabían a qué se arriesgaban.
La trayectoria marítima a la que se enfrentarían era peligrosa en aguas plagadas de tiburones, tenían dos opciones: lograrlo o no.
Frente a la casa había un pasaje ahí vivían dos muchachos que eran gemelos, todos los conocíamos por el apodo de “los jimaguas”, los vimos crecer; y un día de esos salir felices alzando las manos y diciendo adiós a la muchedumbre, mientras su madre lloraba en la orilla; sólo uno logró llegar con vida, el otro falleció dejando un trauma indeleble en su hermano.

Esa situación se prolongó lo que quedó de agosto y septiembre. Durante el día, en el horario que no trabajaba, y los fines de semana; mi esposo iba en ayuda de amigos que habían decidido partir y estaban en función de construir sus balsas.

La casa de Aurora, en la esquina de la cuadra nuestra, era de madera. Tenía un solo hijo por el que tanto se esforzaba limpiando y planchando para los vecinos, a cambio de unos dólares. Su hijo le pidió permiso para sacar todo el techo del portal y usar esas tablas viejas, y roídas por el tiempo, para hacer una espontánea embarcación, pero ella se negó y discutieron. Recuerdo que fue tan fuerte el escándalo que se escuchaba en nuestra casa, que salimos a la acera para ver el “show”. La madre desesperada, parada en medio de la calle, se ponía las manos en la cabeza mientras el muchacho con una pata de cabra rompía, o más bien acababa de tumbar, lo que ya se estaba cayendo por sí solo.

_ ¡Cojones! ¡Tengo que aprovechar la oportunidad! -decía enloquecido- Capaz que mañana el viejo amanezca con el moño virao y me vuelva a quedar en esta mierda.

Aurora lloraba desconsolada viendo cómo se quedaba sin casa. Al ir cayendo el portal varias tablas del techo de la sala se desprendieron también dándole paso al azul del cielo. El muchacho estaba enloquecido. Los vecinos asistían a su madre, que miraba desde el medio de la calle sin poder detener aquella furia, con un vaso de agua y una tacita de café. Mercedes, la del frente suyo, la abanicaba y hacía el intento por traerla para su casa para evitarle ver los detalles de lo que acontecía. Se estaba quedando sin casa, pero lo que más le dolía a Aurora, que perdió la voz por días y parecía muerta, era que también se podía quedar sin hijo si se lo llevaba el mar, y ese hecho no lo superaría.

Una de esas noches noté a mi esposo callado, pensativo, era domingo. No me ayudó en la mesa ni con los niños. Todo el día estuvo entrando y saliendo. Cuando fuimos a la cama, el cansancio me rendía apenas podía mantenerme alerta, y recuerdo que en la oscuridad del cuarto lo vi mirando al techo, sus ojos estaban tristes, lo advertía por la luz que entraba por la ventana desde la calle y daba tenuemente sobre el rostro.

– ¿Qué te pasa?- le pregunté y un escalofrío de mal presentimiento me recorrió el cuerpo.
-Me voy – me dijo sin agregar nada más.
Yo rápidamente me incorporé como si producto de una mordida un veneno terrible me llegara al corazón, o como si me hubieran dado un tiro a boca de jarro -¡No me puedes hacer eso, no me habías dicho nada! ¿Cómo así, de ahora para ahorita?
Me puso la mano en la boca y me dijo: -¡pshiii!, cállate no hables alto. Me voy con Enrique, el Coke y Dinky. -Los tres eran amigos del barrio, conocidos desde siempre, habían estado haciendo una balsa y necesitaban un cuarto hombre para remar – Ya la balsa está terminada, queremos salir esta noche para evitar lo más que podamos el castigo del sol durante el día.
Los niños estaban durmiendo como angelitos en el cuarto de al lado sin imaginar lo que se tejía en éste.
– ¡No! No te vas. Si quieres irte lo preparemos todo con tiempo, te vas como Dios manda, en avión. Pero no así, que puedes ser comida de tiburones, nosotros no estamos tan mal y te necesitamos. ¡Por favor te lo pido, no nos hagas eso! ¡No te vayas!
-¿Qué tiempo más tú crees que voy a poder estar así? ¿Haciendo lo imposible para buscar los dólares y temiendo que nos chivateen con lo del alquiler?- agregó.
-No sé – contesté- pero no ahora, por favor. Preparemos todo si te quieres ir, y yo te ayudo.
Esa noche no dormimos, mis ojos y los de él se pegaron al techo: él quedó callado, quizás esperando a que me durmiera para levantarse en silencio y realizar lo planeado, y yo llorando y con miedo a que se fuera. En algún momento, ya amaneciendo nos quedamos dormidos. Las horas críticas habían pasado, él no se fue; y nuestros amigos, cómplices de mi esposo, seguramente ya habían zarpado a juzgar por la hora.

A media mañana fui con él para quedar tranquilos y averiguamos por los que habían salido entre los conocidos y familiares. Supimos que consiguieron el cuarto hombre que necesitaban y que su embarcación llevaba amarradas al frente las imágenes de la Virgen de la Caridad y la Virgen del Carmen. Se habían aventurado a hacerse a la mar en las primeras horas de la madrugada. Rezamos por ellos y por todos.

Pasaron cinco años y la idea de abandonar el país se fue consolidando cada día en la mente de mi compañero. A medida que se volvía más intolerante al régimen, y podía callar menos lo sintió más necesario y prudente para conservar su libertad. Por mi parte sentía todo el proceso como una adaptación psicológica para enfrentar la separación después de vivir casi doce años juntos.

Algunos intentos fallaron, contactos que se caían. Él se sentía frustrado y yo sentía que tenía una nueva oportunidad de pasar más tiempo a su lado. Hasta que apareció la persona que aceptaría ponerle una carta de invitación para salir de Cuba, dejando de lado los miedos; y asumiendo que lo conocía de tiempo, y daría cualquier referencia favorable en la situación requerida.

No era gratis, nada lo era, la libertad siempre ha tenido un precio y habíamos reunido el dinero para pagar, los seiscientos dólares que por ese entonces costaba una carta de invitación, sin contar lo del pasaje que hasta entonces no se sabía cuánto era. Esta vez la persona en quien depositamos la confianza y haría la gestión parecía seria, la probabilidad de conseguir al fin la visa de turismo era más cercana. No importaba para donde lograra irse, lo importante es que fuera seguro, cualquier lugar era mejor que Cuba para él. Se iría primero, después veríamos cómo hacíamos nosotros. Todo se dio para Chile. ¿Por qué Chile? Porque el cubano busca irse para donde sea, hasta pa´la Conchinchina. Y sucedió.

A finales de 1999, una tarde de julio, nos montamos todos en el taxi del vecino camino al aeropuerto internacional “José Martí”, en La Habana. La despedida allá fue breve para hacerla menos dolorosa y fingimos naturalidad. Cuando pasó a hacer los controles aduanales, yo tenía temblores, sentía los latidos del corazón en los oídos y un terrible desaliento; él debió estar igual. Los hijos aguantaban las ganas de llorar. Mi madre simulaba control con una sonrisa fingida y un gesto de adiós mientras le decía a los niños:-Pero si viene pronto, es una semana -por si alguien estaba atento a nosotros, y escuchaba, no despertar ninguna sospecha.

Luego subimos a una parte alta del edificio donde pudiéramos ver el avión hacer el recorrido por la pista y levantar vuelo. Nos quedamos diciéndole adiós al pájaro de metal que se llevaba una parte de mí en sus entrañas, hasta que se volvió un punto imperceptible en el cielo, y los rayos del sol nos cegaron imposibilitando su búsqueda en la inmensidad. El vecino todavía nos esperaba.
El regreso a casa fue callado y triste. Empezábamos una vida sin él por un tiempo incalculable.

Pasaron tal vez un par de meses y ya se notaba su ausencia en la casa, y en mi cuerpo. De cada ropa me podía hacer dos. No era capaz de proveer como él lo hacía y la tristeza mellaba en todo el cotidiano vivir, no estaba preparada para estar sin él, tenía el apoyo emocional de mi madre que había venido a vivir con nosotros, y de alguien de la familia que pudiera sortear los terribles problemas de transporte y llegar a la casa con alguna ayuda de cualquier índole, mi mente no estaba ahí aunque me esforzaba.

Toda comida se dejaba a los niños, en último caso mi madre comía, yo esperaba una situación mejor para hacerlo o algo que ellos dejaran. Tuve una incipiente ayuda económica, por primera vez, de familiares en el extranjero que también tenían sus familias en la isla, y eran más numerosas. No de Luis, porque apenas se sostenía él. Con lo que sí yo tenía la esperanzas ayudara era con encontrar lo antes posible una persona que fuera capaz de ponerme una carta de invitación.
Sólo que a escasos meses de estar viviendo allá era una hazaña encontrar la persona indicada que le hiciera el favor y el trámite de invitarme. Se requería la prueba de que el extranjero me conocía, además tenía que haber viajado a Cuba, pues yo nunca había salido del país y no había otro pretexto para conocernos, ni siguiera había la Internet.

No supe los detalles hasta que nos volvimos a ver pasado un tiempo después. El sujeto apareció, no sólo había viajado a la isla, sino que lo había hecho en varias ocasiones, y sabía lo que se pasaba; conoció de mí por referencias que mi esposo le dio, y yo de éste por una corta llamada que recibí. Puso la carta a mi nombre, si hubo que pagar algo, hasta ese momento lo desconocía.

Cuatro meses después estaba yo en el aeropuerto de La Habana para viajar a Chile, nuevamente despidiéndome de mis hijos, con el mismo temblor en las piernas, el mismo latir acelerado del corazón y el mismo terrible desaliento; dándoles un beso en sus húmedas mejillas y prometiéndoles que pronto nos veríamos, con una fingida sonrisa en los labios, y un nudo en el alma. Alcé la pequeña maleta que había preparado con desgano y les dije, sabiendo de antemano que incumpliría la promesa.
-Sólo son siete días- aguanté el llanto mientras les hablaba.
Esos siete días se convirtieron en años, dos de los cuales estuve sin mis hijos, y muchos más sin ver a mi madre, y a mi hermana.

Y volé al sur del mundo, buscando un norte para nuestras vida que a partir de ahí no volverían a ser las mismas. Estarían marcadas por la separación, la tristeza, y la inevitable muerte, que se lleva a muchos seres queridos sin darnos la oportunidad de volverlos a ver. Dejando esos afectos y esos amores, inconclusos”. Marta Requeiro Dueñas.

Te invito a visitar el blog de Marta: http://martarequeiro.blogspot.com/

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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