Foto: Un sacerdote bendice a un hombre que será fusilado. Cuba.

París, 2 de septiembre de 2016.

Querida Ofelia:

Don Miguel Rodríguez me envió ayer desde los EE.UU. este impactante testimonio: “Prohibido olvidar”, del Comité Internacional de ex presos políticos cubanos. Te ruego que lo hagas circular allá en San Cristóbal de La Habana.

“Miami, agosto de 2016.

Pocos días antes de la ejecución, llamaban a todos los detenidos por su nombre – algunas veces equivocado o mal pronunciado – para que se presentaran al rastrillo de la prisión. Allí, a través de las enormes rejas, le entregaban a cada uno de los encausados un documento lleno de faltas de ortografía y carente de términos legales, donde se le comunicaba la gravedad de los hechos que se le imputaban y la consiguiente petición fiscal, la cual muchas veces incluía la pena máxima para algunos acusados.

Entonces, la noche antes del juicio, los más comprometidos en la causa que se les seguía, nos entregaban las cartas de despedida dirigidas a sus seres queridos, con la encomienda de hacerlas llegar a la madre “devastada”, a la “desconsolada” esposa y a sus hijos “cruelmente huérfanos por una infame ideología que tuvimos que combatir”. Los más jóvenes y solteros, dedicaban también su misiva a “mi querido viejo” para recordarle que los hombres no lloran, a la “novia abandonada” y a la “hermana del alma” deseándoles un matrimonio feliz con muchos hijos y nietos; y si alcanzaban las pocas horas que les quedaba de vida, y no se agotaba el escaso papel y lápiz, también le escribían a otros familiares y amigos: “Adiós hermanos. Cuídense mucho”.

Las pocas pertenencias de los condenados a muerte eran repartidas entre los prisioneros más necesitados que le acompañaban en las últimas horas de su corta existencia, tronchada por un fracasado experimento político conducido por un peligroso enajenado, perversamente apoyado por propios y ajenos, que se erigió a sí mismo en Comandante en Jefe del pueblo cubano.

El día del juicio, la población penal guardaba un silencio respetuoso esperando el regreso de los hombres que estaban siendo juzgados desde muy temprano en la mañana. En una pequeña sala vacía de testigos, quizás con la presencia de algún espectador o familiar autorizado, con pocos o ningún abogado defensor, se llevaba a cabo el intento de formalización de un proceso viciado de injusticias e incompetencia desde su inicio. El presidente y el secretario del tribunal – milicianos ambos -, una o dos asistentes del Ministerio del Interior y el implacable fiscal acusador, formaban la Corte encargada de ratificar los cargos y leer las conclusiones finales dictadas por los órganos de Seguridad del Estado, con absoluto desprecio de los preceptos del Derecho Internacional y en violación de los principios de humanidad que rigen en todos los países civilizados del mundo.

Poco antes de la caída del sol, regresaban los hombres a sus galeras después de un día de intensas emociones en el “Circo de la Revolución”, tal como le llamábamos a las instalaciones localizadas en las estribaciones de la loma La Cabaña donde se dictaban las sentencias de muerte. Pero muchas veces faltaba alguien del grupo original, y en ese momento una angustia solidaria se apoderaba de todos nosotros; hombres recios en su mayoría, peleando las lágrimas que brotaban incontenibles ante el sacrificio supremo de un familiar cercano, un amigo, un compañero de lucha e ideales; en suma, de un inocente que se inmolaba en el “altar de la patria agradecida” de nuestro apóstol José Martí.

Sucedía que al terminar el juicio, se ordenaba a los prisioneros ponerse de pie y acto seguido, una cuadrilla de milicianos avanzaba hacia ellos y se le echaban encima a los que iban a matar esa noche y le amarraban las manos y lo conducían a empujones, loma arriba, hacia las galeras de la muerte. Este pavoroso recinto de humillaciones y asesinatos políticos, era conocido como Tribunal Revolucionario #1 de La Cabaña, controlado y dirigido en sus inicios por un temido médico argentino al que llamaban “El Ché”.

En ocasiones, también los traían esposados de otros lugares de la Isla o eran trasladados directamente desde los calabozos de la policía política – conocida como G-2 o Departamento de la Seguridad del Estado – hasta las celdas o capillas contiguas al paredón de fusilamiento. “Son pocos los casos de fusilamientos sin juicio previo; algunas docenas tal vez”, respondió el propio Fidel Castro ante una pregunta de un periodista norteamericano en una conferencia de prensa durante su visita a las Naciones Unidas en Nueva York y cuya transcripción se encuentra disponible en los archivos de la época.

Luego, en aquellas noches llenas de pavor y de tristeza, un repentino haz de luz ocultaba las estrellas de nuestro cielo tropical e iluminaba los fosos de la galera donde me habían recluido en espera de mi turno para ser juzgado como a otras decenas de miles de hombres, mujeres y adolescentes en nuestro hermoso país de 6 millones de habitantes. Un silencio sepulcral nos envolvía a todos cuando el ruido inconfundible del motor de un vehículo – quizás el de una camioneta de origen soviético, muy populares en Cuba por aquellos tiempos – nos alertaba sobre la inminente transportación de un patriota cubano hasta el paredón de fusilamiento – muralla húmeda y despintada por los numerosos impactos de los disparos que atravesaban los cuerpos pasados por las armas – a poco amarrado a un tétrico madero de unos 6 pies de altura, llamado “palo” por el populacho, y pronto con la cabeza desgajada sobre el pecho despedazado por las balas, vaciándose de sangre y de vida en pocos segundos.

Las voces de mando del jefe del pelotón de fusilamiento resultaban invariablemente disminuidas por los gritos de patriotismo y las consignas religiosas de la víctima anticomunista – siendo, ¡Viva Cristo Rey¡, la preferida en los primeros tiempos del terror marxista-leninista. Sin embargo, desde mediados de la década de 1960 rara vez se pudo escuchar la voz desafiante de los que iban a morir, pues según se decía, eran amordazados para negarles la oportunidad de mostrar su coraje ante los verdugos del régimen. La descarga cerrada de la fusilaría y el tiro de gracia – más de uno en muchos casos – ponía fin al espectáculo, solo para continuar con el siguiente.

Una vez concluida la macabra función, el cuerpo recién ametrallado era envuelto en un pedazo de lienzo oscuro e introducido en una enorme bolsa plástica para ser depositado en un rústico cajón de madera, camino a una fosa común de algún cementerio de los alrededores. En el mes de mayo de aquel año, según recuerdo, mataron a 5 hombres en una sola tanda, y tuvieron que dejar a los demás para el día siguiente, pues por algún motivo desconocido, los fusilamientos se llevaban a cabo solo en la oscuridad de la noche, y si habían varios fusilamientos programados para esas horas, los asesinos – probablemente entusiasmados con el cafecito, los saludos y las felicitaciones por la misión cumplida – no tenían tiempo de terminar su tarea.

Mucho peor había sido la jornada del 30 de agosto de 1962, cuando fusilaron a centenares de patriotas en poco más de 72 horas a lo largo y ancho de toda la Isla. Ni que decir de los alzados atrapados en los llanos y montes cuando combatían a las fuerza regulares del régimen; heridos y sin asistencia, los recostaban a la pared de un viejo cementerio y los ametrallaban sin piedad y sin juicio previo para aterrorizar a los lugareños.

Se sabe que los altos Jefes de la “Revolución” participaban con regularidad en estos actos dantescos. Otros de menos categoría, también asistían para demostrar su adhesión al proceso y ganar espacio político o mejorar su jerarquía en las ramas de poder. El odio, la curiosidad y la macabra diversión atrajo a elementos pervertidos de todas partes, incluyendo reconocidos intelectuales, figuras prominentes de la izquierda internacional y otros trasnochados sin rumbo fijo, desfigurados por el exceso de alcohol y la inconsistencia de sus preferencias personales. Todos ellos invitados por el dictador y sus más connotados seguidores.

Corresponde a los investigadores de la historia, verificar estos relatos e identificar a los culpables y sus cómplices, tan solo sea para honrar a las víctimas de una revolución que nunca existió.” Diego El Ingeniero

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras, allende los mares,

Félix José Hernández.

 

 

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