Testimonios de Taide y Víctor Rodríguez sobre el éxodo del Mariel

Foto: Miami, 2006. De izquierda a derecha: Taide, Sabina, Ronald y Kathy (los novios), Vivian y Víctor.

París, 20 de febrero de 2016.

Mi querida Ofelia,

¿Recuerdas aquella mañana de primavera del ya lejano 1980, cuando mi padre entró en la casa exclamando: “señores traigo tremenda noticia, anoche se fueron Sabina, Taide y el niño”?

Tú dijiste al mismo tiempo que levantabas las manos al cielo. Gracias Virgen de la Caridad. ¡Tres más que se salvaron!

Pues bien, después de tantos años y de haber compartido con ellos en nuestros viajes a América y recorrido juntos la Florida varias veces, he logrado que me cuenten cómo vivieron esos días de angustias, Víctor desde los U.S.A. y Taide con su querida e inolvidable madre y su niño recién nacido, en la Isla del Dr. Castro.

He aquí los dos testimonios de estos grandes amigos nuestros:

“Salí de Cuba en enero 1980, dejando atrás a mi esposa Taide que se encontraba embarazada. Nuestro hijo Ronald nació el 25 de marzo de 1980.Una mañana del mes de abril, me llamó un amigo para darme la noticia de lo que estaba ocurriendo en Mariel. Me puse en contacto con otro amigo, el cual había logrado localizar un bote de 24 pies con algún dinero que habíamos sacado de Cuba (cambiado por dinero cubano a visitantes a la isla) y la ayuda de buenas personas.
Para poder irme de Cuba me había divorciado de mi esposa, siguiendo nuestro plan, ella se había casado con un ex preso político para que pudiese salir, ya que yo tenía otra vía para irme, (pero ésa es otra historia que ya te contaré).

Tuve que ir a buscar al “marido de mi mujer”, para que fuese a buscarla al Mariel ya que yo no era nadie legalmente y además se necesitaba un poder legalizado en la oficina de Cuba en Washington.

Pudimos llegar solo hasta Stock Island, situada antes de Key West, ya que en el célebre cayo ya no cabían los barcos.

Aquello era una locura, había miles de botes traídos de todas partes, de todos los tamaños y condiciones y lo peor, cientos de personas desesperadas que no tenían la menor idea de navegación, dispuestas en su ignorancia a lanzarse al peligroso viaje.

Como San Lázaro y Dios siempre me han acompañado, resultó que uno de los de mi grupo iba a buscar a su padre y había sido era pescador de la Coloma. Unos años antes había venido en un barco, así es que el nuestro era uno de los pocos debidamente equipado para la travesía. Después de algunas dificultades logré convencer al “marido de mi mujer” para que fuese a buscarla, él había llegado en octubre de 1979 y lo habían castigado, no dejando salir a su esposa (la mía), por una bronca con un “compañero” de las oficinas de inmigración en Cuba.

Durante más de una semana tuvimos que permanecer en el muelle esperando por la autorización para salir. Yo dormía en el viejo cacharrito (viejo coche), que era lo único que disponía en aquella época, aparcado junto al bote.
Según pasaban los días la desesperación aumentaba y era prácticamente imposible conseguir un barco. Empezaron a llegar personas de otros Estados buscando barcos para comprar. Allí se vendieron embarcaciones casi inservibles por sumas fabulosas de entre 60 y 80 mil dólares por barcos que no servían.

Hubo todo tipo de discusiones y tragedias como la de una familia que después de invertir todos sus ahorros, el bote se les hundió en el muelle (menos mal que no fue en el océano). Otro problema era que no podías dejar solo tu bote ni un segundo, so pena de no verlo más nunca . Así pasaron los días y ya no tenía más dinero. Como las provisiones del barco “eran sagradas”, nos alimentábamos gracias a unas máquinas de refrescos, en las cuales también comprábamos paquetitos de papitas, galletitas etc. Para no agotar lo poco que tenía le compraba estas cosas al “marido de mi mujer” (Isaías Rodríguez), él se quedaba en el bote y yo caminaba (en aquella época con mis muletas) hasta la tiendecita de la marina. Llegué a pasar casi 3 días sin comer, tomando agua al tiempo de una llave (grifo).

Un buen día, de pronto, me encontré en el muelle con dos primos que venían de Atlanta buscando un bote. Hacía muchos años que no nos veíamos y fue un encuentro muy agradable. Especialmente cuando uno de ellos dijo: “Vitico, voy al Black Angus (restaurante famoso de carnes). ¿Quieres ir conmigo?” Yo respondí -“bueno si insisten y… por poco me desmayo con el primer bocado”. Durante la cena les conté la verdad y al marcharse, me dejaron dinero.

Cuando partió la flotilla, me presenté como voluntario a trabajar en el Truman Anex (Anexo Thruman, era una base naval fuera de uso en Key West, donde se estableció el centro de recepción). Las escenas eran dramáticas, entre los que llegaban, algunos habían sido separados de sus familiares por los “compañeros” en Cuba en el puerto o por los naufragios.En sus rostros se reflejaba la angustia de no saber nada sobre los que habían perdido de vista en el camino hacia la Libertad.

Con cada grupo llegaban las historias de los naufragios y la tragedia en el Estrecho de la Florida. Al escuchar cada una, el corazón me daba un vuelco. Los guardacostas seguían haciendo un trabajo increíble salvando vidas. Había niños deshidratados y quemados por el sol y la sal del mar, ancianos que no podían caminar, mujeres llorando por haberse separado de sus hijos o esposos, etc. Otros descendían de las embarcaciones con alegría desbordante por haber llegado a la Libertad.

Dirán lo que quieran de los que vinieron desde el Mariel, pero creo muy difícil que haya otro grupo de decenas de miles de personas que en medio de la tragedia individual, haya sabido mantener un ambiente de consideración, respeto y solidaridad con los necesitados. En fin, allí se palpaba lo mejor del ser humano en todas sus manifestaciones. Los enfermos mentales y los delincuentes que vinieron, fueron o volverían a ser como habían actuado anteriormente, pero en aquel momento sólo había historias de heroísmo, amor y bondad.

Yo estaba en la entrada del comedor con un altavoz dirigiendo a los que llegaban para recibir comida (pan con jamón y queso, papitas, refrescos y frutas) cuando llegó un amigo y me dijo: “vi a Taide, está en uno de los barcos esperando turno para atracar al muelle y desembarca”r. Fueron las horas más largas de mi vida. Allí desembarcaron varios amigos y conocidos. Al tenerlos delante, eran ellos los que me identificaban a mí, pues yo los encontraba irreconocibles.

Al fin, que gran emoción fue la que sentí al ver a mi hijo por primera vez, tan pequeñito, tan indefenso, con su cuerpecito de 53 días de nacido, con huellas de la sal del mar sobre su piel enrojecida
Lo miré y elevando una oración di Gracias a Dios. Pensé, no te preocupes mi niño, ya eres Libre y te espera una vida maravillosa.

El 25 de marzo Ronald cumplió treinta y cinco años, está casado con una chica encantadora y de esa bella historia de amor, han nacido dos preciosas niñas. Tiene su casa propia y su negocio; dirige una oficina de Bienes Raíces especializada en el ajuste de los impuestos a la propiedad de la cual también es copropietario. Diplomado de la Universidad de Miami (UM) con una licenciatura en Administración de Negocios y otra en Finanzas y Mercado Internacional. Kathy y Ronald celebraron el pasado mes de julio su octavo aniversario de bodas en un crucero por el Mediterráneo.

¿Qué habrá sido de los tira huevos y los “heroicos combatientes” que pusieron a un niño recién nacido en un bote de 24 pies con 17 personas a bordo y esperaron a que el mal tiempo llegase para soltarlos al mar?

En la pared de mi despacho, como símbolo de todo lo que es posible, está la imagen de la Virgen de la Caridad que mi suegra Sabina se negó a abandonar y, aún no sé como en medio de todo aquello, se las ingenió para traerla en el bote. La Virgen también vino por el Mariel. Sin duda alguna estoy seguro de que les protegió.” Víctor Rodríguez

“Cuando ocurrió lo de la Embajada del Perú, me encontraba ingresada reportada grave en Maternidad Línea, como consecuencia de un parto mal hecho, en el cual por poco morimos ambos.

Víctor había mandado un barco de 24 pies a recogernos junto a mi madre. Estuvimos quince días esperando a que nos vinieran a buscar la policía. Cuando al fin llegaron, nos dijeron que sólo se podía ir mi hijo Ronald. Se percataron de que el niño sólo tenía unos días de nacido, entonces aceptaron que yo los acompañara, pero mi madre le suplicó tanto al que vino a buscarnos, explicándole que se quedarían con el apartamento y con todo lo que contenía, que logramos partir los tres.

El día anterior, muy temprano, había venido a casa el presidente del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) acompañado por otro “compañero”, para hacernos el inventario de todas nuestras pertenencias. Gracias a Dios, no se percataron de que faltaban objetos, pues en la madrugada anterior yo había sacado todo lo que logré, había dejado los muebles pelados. No saqué los clavos de las paredes porque no pude. Por lo cual estimo que se comportaron correctamente en su papel de defensores de la “gloriosa” revolución.

Salimos de casa de madrugada, por temor a que movilizaran a las turbas y nos dieran un mitin de repudio. Llegamos al Círculo Social Obrero Abreu Fontán en la Playa de Marianao a las siete de la mañana. Allí nos dijeron que no necesitábamos pasaportes, que los teníamos que romper. Lo cual hicimos por temor a desobedecer.

Estuvimos tres días sin poder bañarnos y comiendo lo que podíamos con el dinero que llevábamos. El bebé dormía en una colchonetita en el suelo y muy temprano por la mañana había que recogerlo, pues la “compañera” que venía barriendo, lo que hacía era levantar el polvo y echárselo a propósito hacia arriba al niño si aún estaba acostado. Ni yo ni mi madre nos atrevimos a protestar por el temor a que no nos dejaran partir hacia los EE.UU. El dinero que nos sobró antes de irnos para El Mosquito, en Mariel, se lo dejamos a una persona que se quedó allí, pues nos dijeron que en el Mosquito no hacía falta dinero para comer.

Cuando al fin nos llevaron para El Mosquito, nos percatamos inmediatamente de que era una zona de la costa utilizada como base militar que llevaba bien su nombre. Mi madre yo nos turnábamos a cada hora para espantar los enormes mosquitos abanicando a Ronald.

En unas pequeñas carpas habían colocado algunos camastros pelados, que estaban todos ocupados. Tuvimos que esperar a que se fueran algunas personas para poder ocupar uno de ellos y poder acostar al bebé. Era casi imposible dormir, pues llamaban a cualquier hora del día o de la noche para embarcar y si no oías cuando te llamaban, tenías que esperar hasta que te pusieran en otro barco cuando a ellos les diera a gana. Eso le ocurrió a una familia que estaba al lado de nosotros, llevaban por esa razón muchos días allí. Cuando a nosotros nos tocó salir, allí se quedaron ellos.

No había agua para prepararle el biberón al niño. Sólo la del chorro que salía de una llave (grifo). No podía calentarla, la batía hasta que lograba que se diluyera el polvo y así pude alimentar a mi hijo durante los cinco días que estuvimos allí. Tenía el temor de que se enfermara y junto a mi madre rezaba para que la Virgen lo protegiera. Una noche se me hizo tarde para ir a buscar el agua y un “compañero” me prohibió ir a buscarla. Me amenazó con soltar los perros pastores alemanes, pero yo necesitaba aquella agua para darle la leche a mi bebé. En efecto, el “compañero” los soltó, pero gracias a Dios no me atacaron aunque sí sentí mucho miedo. Parece que el “compañero” quería gozar con un “buen” espectáculo.

A las horas de desayuno, almuerzo y comida, ponían unas barricadas en la explanada y según te daban una cajita te encerraban allí y hasta que no terminaban de repartirlas no te dejaban salir. Decían que era para que nadie pudiera repetir.

El desayuno consistía en un yogur sin azúcar, mientras que como almuerzo y comida nos daban una cajita con arroz casi crudo quemado y revoltillo de huevos con cascaras a medio quemar. Mi madre y yo lográbamos coger una sola cajita para las dos, puesto que no podíamos hacer la cola con el niño al sol durante las dos o tres interminables horas que duraba, como nos turnábamos, a la hora de coger la cajita, nos daban sólo una.

No gozábamos de la más mínima privacidad. Las duchas como los w.c. eran colectivos, separados por tres paredes sin techos. Al tercer día de aguantar calor, polvo y churre, agravado por el hecho de que había dado a luz hacía pocos días, me llené de valor y decidí que tenía que bañarme. Me puse a vigilar quiénes entraban o salían y en un momento que estimé que no habría mucha gente, entré, me desnudé y me puse de espalda a las demás mujeres y dejé que me corriera mucha agua por todo el cuerpo. Me volví a poner la misma ropa sucia, era la única que tenía. Recuerdo que no habíamos podido llevar de casa ni un cepillo de dientes. Esa fue mi primera y última ducha en aquel infierno.

Al anochecer del quinto día nos llamaron para llevarnos al barco a bordo de unas guaguas (autobuses). Habían preparado a las turbas para que nos insultaran y nos tiraran huevos. Mi temor era que me le hicieran daño al bebé. Logré entrar rápidamente a una guagua, pero durante el trayecto hasta el barco, las turbas nos insultaron con las peores groserías, nos tiraban huevos mientras gritaban consignas del régimen.

Al llegar al barco tuvimos la sorpresa de que además de nosotros, habían subido a otras once personas. ¡Éramos 17 en un barco de 24 pies! Mi hijo pasó de brazos en brazos desde el muelle hasta el barco. Yo cerré los ojos y me cubrí el rostro con las manos, a causa del miedo que sentía al imaginar que podía caer al mar.

Estuvimos horas esperando a que hubiera buen tiempo para iniciar el viaje según nos decían los “compañeros”. Después comprendimos que era todo lo contrario, que ellos esperaban que hubiera mal tiempo para autorizar la salida de los barcos. A nosotros nos dieron el visto bueno a las once de la noche. Me mantuve mirando hacia la costa hasta que las últimas luces desaparecieron. En el mar de noche no logras verte ni siquiera las manos. Durante toda la noche hubo olas entre ocho y diez pies de altura, algo horrible. No tuvimos un mal final gracias a Dios y a que iba un señor que había ido a buscar a su padre a Cuba y ambos eran pescadores de la Coloma, por lo tanto sabían maniobrar el barco entre las olas.
Yo me sentía muy mal. Mi madre de 68 años, fue la que se hizo cargo de Ronald. Gracias a que los hombres que iban en el barco la aguantaban, no se le cayó el niño de los brazos, con los saltos que daba el barco

Como no teníamos más leche para el bebé, le dábamos el jugo (zumo) de una lata de cascos de guayabas, que era lo único que había para comer en aquel barco.
Según la propaganda del régimen de los Castro, los que nos íbamos éramos gentuza, escorias, pero entre los que vinieron a los EE.UU. con nosotros había un cocinero, un carpintero y un médico, gente honesta que se sentía asfixiada por el sistema comunista que impide vivir normalmente. Todos los que estábamos a bordo nos ayudamos unos a otros de alguna forma. Al amanecer nos dimos cuenta de que habían caído al mar los tanques de agua y de gasolina, por lo que podríamos quedarnos a la deriva. Por suerte que un rato más tarde apareció un guardacostas americano. De él bajó un médico que comenzó por examinar a mi niño y a mi madre, después a todos los demás.

Nos dejaron gasolina para que continuáramos, pues nos dijeron que había casos peores al nuestro. Después nos enteramos de barcos que se habían hundido con gentes que soñaron con ser Libres. Ellos no tuvieron la buena suerte nuestra.

Supe del caso de un matrimonio joven que viajaba con su niño. Éste último cayó al mar, la madre se lanzó al agua y pudo ayudarlo a subir al barco, pero cuando ella fue a hacerlo, de pronto desapareció para siempre.

Llegamos a Key West en la mañana del 17 de mayo de 1980. No lo podía creer. Todo me parecía brillar, colorido, todo resplandecía. Pero los que llegábamos veníamos sucios, sedientos, hambrientos y extenuados.

Tuvimos que esperar en el barco unas cinco o seis horas para poder atracar en el muelle. De allí nos llevaron a las barracas de Truman Anex, antigua base militar que fue reabierta para recibirnos. Todo estaba en perfecto orden, limpio, amplio, la antítesis de lo que habíamos dejado en La Isla del Dr. Castro.

Nos ofrecieron ropas, comida, pañales desechables y leche para el bebé. De pronto llegó Víctor, el cual se emocionó al ver por la primera vez a su hijo. Fue un gran momento para todos nosotros. Víctor firmó haciéndose responsable de nosotros tres, dio sus señas y, como éramos familia, esa misma noche tomamos el coche rumbo a Miami. ¡Una nueva vida comenzaba con Libertad!” Taide Rodríguez.

Unos días después, me encontraba con mi hijo de cuatro años merendando en el Ten Cent de Galiano. La “compañera” Nery (vecina de Sabina), se sentó frente a mí y me dijo:
-¿Qué te parece la traición de Sabina?
Le pregunté: -¿Qué traición?
-¿Pero no lo sabes? Se fue por el Mariel. ¡Pero si yo me hubiera enterado antes, la habría bajado por las escaleras arrastrándola por el moño!
Me hice el asombrado y pensé: si esta “compañera” supiera que yo también me voy, a lo mejor me daría un mitin de repudio aquí mismo.

La histeria colectiva y el cainismo creado por el régimen castrista no ha desaparecido, sigue cultivándose. Basta ver las tristes imágenes de los actos de repudios contra las Damas de Blanco, las cuales hogaño se han convertido en el máximo símbolo de la dignidad de la mujer cubana.

A Taide y a Víctor les digo de todo corazón: ¡Gracias por vuestra amistad!

Mi querida Sabina, ya sabes que tú formas parte de mis más bellos recuerdos de adolescencia y juventud. Vivian nació en los EE.UU.,siempre la admiré, estimo que si hubiese tenido una hija, me hubiera gustado que fuera como ella. Hoy día junto a su abuelita Sabina, descansa en paz por la eternidad muy cerca de Dios.

Querido Ronald, ahora que eres padre, creo que podrás comprender en toda su dimensión, lo que hicieron tus padres y tu abuela para que fueras un hombre Libre.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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Hispanista revivido.