Por: Ramón Muñoz Yanes
Nuestro barrio era de gente común, obreros, chóferes de taxis, ómnibus y de emprendedores, en apenas doscientos metros puedo recordar más de diez negocios, incluyendo un banco, una bodega y la panadería dulcería de mi abuelo. Abrí los ojos inhalando el olor del pan recién hecho y doy gracias a dios, por mi escuálida anatomía, pues siempre he sido un yonqui del pan. Puedo prescindir del arroz, pero el pan es una adicción innegable por vía genética.

Mi infancia fue la habitual, de gatear al velocípedo, a la bicicleta con dos ruedas laterales, piñatas y las últimas Coca Colas que adornaron mesas de cumpleaños en una Cuba, infectada del sarampión verde olivo.


Abuelo y la ciudad se fueron muriendo juntos, los Amadeos rutinarios se cambiaron por botas rusas, los pijamas se llenaron de remiendos, hasta el olor del pan cambió, de aquellas flautas que empapaban el papel de traza de manteca, se perdió la manteca y hasta el papel. La barra de pan fue involucionando a la par que la higiene, no habían cartuchos, sólo manos.


Comencé a mentir anualmente, mi expediente escolar decía que era de procedencia proletaria, imprescindible para recibir educación de maestros que deseducaban, mientras el piano de la escuela perdía teclas cada año, como los alimentos de la ya habitual libreta de racionamiento.


Entonces coincidimos en la escuela. Vivía cerca de casa, a unos cuatrocientos metros, en el garage de una casa reconvertido en minúsculo apartamento. La casa de unos vecinos que se fueron del país fue entregada a unos revolucionarios, a condición de ceder el garage a una mujer y dos hijos, que luego supe que debían ser vigilados. Uno de los hermanos, era mi amigo Tomás.


Almorzábamos con frecuencia en casa, Tomasito era otro hijo para mi madre, quizás por esa costumbre de campesina venida a La Habana, mi madre veía en cada villareño un compatriota, hoy comprendo que era una forma de exilio provincial.


Crecimos juntos hasta la adolescencia, cuando ya en el preuniversitario se mudó con su madre para un apartamento, también minúsculo en Luyanó, cerca del cine Moderno, junto a la esquina de Toyo. Introvertido, pero muy sincero, un hermano con un secreto compartido.


Un día en medio de un almuerzo en casa, bajó la cabeza y como si no quisiera perjudicarnos, se dirigió a mi madre.
– Teresa, quiero decirle algo.
-¿Qué te pasa hijo?
– Mi hermano y yo somos hijos de un alzado del Escambray. Nos trajeron para La Habana y no sé si está bien que venga a su casa.


Los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas. Mi madre había sido testigo de las atrocidades cometidas. Me contaba con frecuencia de un juicio hecho en su batey natal, Sagüa La Chica y como los miembros del tribunal llegaron a celebrar el juicio, seguidos de un carro fúnebre. El veredicto era evidente.


Tomasito, dijo en un susurro:
– Soy hijo de Tomás San Gil.
– Ay, mi hijito – fue todo lo que oí a mi madre, antes de abrazarle.


Era un secreto que no debíamos comentar y así crecimos. No sé que es de él ahora, pero años más tarde y siendo un hombre, vi fotos de su padre, se parecen mucho. No sé donde está, pero siempre será mi amigo.
R.Muñoz.

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