Son kioscos y kiosquitos que, aunque chiquitos, sirven para evitar el traslado de los vecinos, en especial de los menos jóvenes, hacia el centro de sus localidades

 

El Pollito, situado en Vía Blanca antes de subir hacia el Entronque de Guanabacoa, solo disponía de aceites de soya refinados, unos en bolsas de 500 mililitros a 0,95 centavos de CUC y otros en pomos de un litro a 1,95 CUC, además de picadillo de res a 1,05 CUC. «Cigarros sí hay, de todos tipos», nos comentó irónica una parroquiana que se negó a dar su nombre.

En el kiosco Amanecer del reparto Mañana, no había aceite, ni tampoco muchos otros surtidos.

Julia Ceruti, una alegre sesentona que tiene por hábito pasar con frecuencia por allí para saludar a sus amigas dependientas —que se abstuvieron de dialogar con nosotros porque «tenían que pedir permiso al complejo»—, nos dice, con locuacidad y franqueza, que los nuevos precios minoristas en CUC que empezaron a aplicarse a un grupo de productos desde el pasado 22 de abril «están muy bien, pero el suministro, al menos en esta unidad, no ha respaldado como se debe una decisión con la que está conforme el pueblo».

«Surtieron hace una semana, pero ya no hay casi nada, ni picadillo. Allí —señala hacia un estante—, donde va el aceite, usted ve que las muchachas tuvieron que poner muñecos de regalo para el Día de las Madres para no dejar el anaquel vacío.

«Lo que compra la gente como yo, los jubilados, que nos cuesta trabajo caminar mucho, no está aquí, como pollo en trozos, en porciones, porque yo no puedo comprar una caja».

El Amanecer está a escasas cuadras del Cupet de la Rotonda de Guanabacoa. Dos responsables del lugar —a quienes no les solicitamos sus nombres, debido a que el directivo principal del lugar no estaba en ese momento y nos insinuaron indirectamente que necesitaban permiso para hablar con la prensa— nos comentaron informalmente que allí hay un buen abastecimiento.

«Este es el Cupet que más vende en el país», me dijo el compañero, mientras que su colega, una dama, nos respondió que el suministro a la instalación es estable, excepto algunas cosas como las confituras. «Por la televisión dijeron que las fábricas de confituras tienen problemas con las materias primas; lo oí en el noticiero», me aclaró el caballero.

«Mucha la demanda»

Yaser Manzano es el dependiente del kiosco La Única, un apretado entresuelo con vista a la calle debajo de la tienda homónima ubicada en la avenida Acosta, casi llegando al Mónaco, La Víbora.

Flaco y espigado, el joven no para de atender al público. «Suban a ver a la gerente» —nos dice—, pero no le teme a las preguntas. Saca la lista de los productos rebajados y factura a factura nos va diciendo qué tiene, cuánto valía, cuánto vale ahora. Hojea con rapidez, atiende a otra cliente; vuelve a hojearnos el documento de suministro; regresa a sus clientes…

«Aquí el abastecimiento es bueno, es cada dos o tres días… Están entrando las cosas», afirma. «El problema aquí está muchas veces en las neveras. No tenemos suficientes y se vende mucho». Nos mira y vuelve a lo suyo.

«Mucha demanda; pocos productos», sentencia en su ayuda Damarys Márquez, una clienta. «Nos abastecen tres y cuatro veces a la semana, pero todo se acaba rápido, “vuela”», replica Manzano, y sigue en lo suyo.

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