José Gabriel Barrenechea.
Se observa desde la anterior Legislatura que la Asamblea Nacional tiende a mostrarse más activa, a sesionar durante algunos días más de lo corriente.
No obstante, estos cambios son solo cuantitativos, ya que la Asamblea Nacional no ha pasado a ser todavía ni de lejos el “órgano supremo del poder del Estado”, aquel que “representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”, el único “con potestad constituyente y legislativa en la República”, como se establece en el papel de la Constitución vigente; “de dientes pa’ afuera”, a la manera que solemos decir en Cuba.
Por el contrario, la Asamblea Nacional es todavía un órgano diseñado para aprobar por unanimidad las decisiones, y la santa voluntad, de los miembros clave del Consejo de Estado; para así darles a aquellas (sus decisiones) y a esta (su voluntad) un barniz de legitimidad democrática.
Solo que como ahora, en el post-castrismo, es más necesario que nunca dar esa apariencia de amplia participación ciudadana, de que Cuba es un estado socialista en que manda el pueblo, no los mandamases, se requiere extremar un poco más la mano en el barnizado. De ahí que quepa vaticinar que de ahora en lo adelante la Asamblea seguramente se reunirá más de una vez en el año, y por mucho más tiempo, cada vez, que el fin de semana hasta ahora habitual.
De que todo sigue igual en el cuartico post-castrista da buena cuenta lo sucedido en estos días en el Palacio de Convenciones: Significativamente la Asamblea Nacional no discutió en su seno hasta consensuar las propuestas de quienes integrarían las comisiones en que se divide. Esas propuestas vinieron, impresas con suficiente anticipación, del Consejo de Estado, y nuestros “autónomos” diputados se limitaron a aprobarlas… por unanimidad, por supuesto.
Es de señalar que resulta por completo increíble que ni uno solo de los 600 diputados haya expresado al menos sus dudas sobre la selección de otro legislador para alguna de esas comisiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se habla de varios centenares de comisionados.
En cuanto a las intervenciones de los diputados no puede más que decirse que, salvo excepciones, no parecen haber tenido otro interés que demostrar, por parte del interviniente, su absoluta sintonía con lo definido previamente en el Consejo de Estado, o con lo que les informan unos ministros que van a hacer como si rindieran cuentas frente a las comisiones. De hecho nos atrevemos a afirmar que al menos el 50% de esas intervenciones no han tenido otro objetivo que el del diputado en cuestión, logrero manifiesto, de señalarse ante los que más mandan, los mandamases. Quienes pueden mantenerlo por siempre en su asiento “aprobativo” (no puede llamarse a nuestros diputados ni tan siquiera “consultores”, porque como ya hemos señalado más arriba ellos solo están allí para aprobar), o incluso buscarle algún acomodo de más provecho, más y más adentro del restringido círculo en que se toman las decisiones.
Un último punto a señalar es esa insistencia de nuestros medios, a indicación de los mandamases, en que la Comisión creada para elaborar el Anteproyecto de Reforma Constitucional nos representa a todos los cubanos.
Al menos en mi caso particular no es así. En ese símil demográfico, en ese modelo en pequeño de la Nación Cubana que dicen haber armado con esa selección los que más mandan, no se ha escogido a nadie como yo; y conste que no habló desde un supuesto excepcionalismo mío.
Y es que resulta imposible armar comisiones de modo que representen a la infinita variedad y riqueza de detalles del ser humano: Somos irrepetibles, no lo olvidemos nunca, sobre todo ante los que desean estandarizarnos y ponernos a pastar, como los carneros, en algún campo de su propiedad.
No nos embelequemos a nosotros mismos, si el objetivo es tomar decisiones lo más ajustadas posible a nuestra realidad, lo más práctico que para hacerlo hasta ahora hemos descubierto (por tanto, no lo que sirve para alcanzar de manera infalible la mejor decisión) es dejar que el soberano, el conjunto de la ciudadanía,  elija de dentro de sí a su poder legislante, por medio de las complejas formas en que se ha venido haciendo en las democracias occidentales desde mediados del siglo XIX[i].
Este recurso de crear comisiones que busquen representar demográficamente una copia en pequeño de la sociedad en cuestión pertenece a lo que ahora suele llamarse democracia deliberativa. Un recurso de gran utilidad, siempre que esas comisiones no sean las que decidan sobre el asunto a solucionar, sino que los acuerdos alcanzados por ella solo sirvan a los miembros del órgano legislativo en cuestión (poder legislante) para hacerse una idea aproximada de la opinión de la sociedad en un momento determinado, y en base a ello, y a sus propias opiniones, compromisos, impulsos irracionales… enfrentarse al proceso de consensuación subsiguiente al interior de dicho órgano.
En todo caso la real similitud, la semejanza de esas comisiones escogidas con la sociedad de la que en teoría son una muestra reducida resulta harto discutible. Las mismas han sido siempre escogidas por alguien, en consideración a criterios e intereses que son solo suyos.
En cuanto a intentar validar esas muestras en base a haber sido escogidas al seguir de manera escrupulosa criterios científicos, no cambia nada. La Ciencia, bien lo sabemos al presente tras los trabajos de Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend… nunca nos dará un conocimiento acabado y exacto, solo aproximaciones que aceptamos en no poca medida gracias al consenso de la comunidad científica, y de la extra-científica que la rodea.
O sea, al nuestro saber científico mismo ser doxa, no la episteme que el mismo creador del término, Platón, situaba en un plano inalcanzable para el ser humano, no cabe utilizar a la Ciencia, como a veces se ha utilizado en la Modernidad, para justificar el imperio de ciertas formas políticas sobre la vida del supremo opinante: el hombre.
Es en el Diálogo sin otras cortapisas que las del respeto al espacio en que se realiza, que no puede ser cerrado para nadie, donde encontramos nuestras respuestas, siempre contingentes.
[i] la Partidocracia está llena de defectos, pero antes de simplemente echarla a la basura debemos preguntarnos: ¿Hemos encontrado algo mejor para sustituirla, algo que no sea regresar a las formas anteriores a las que vino a sustituir, demostradamente peores? Porque por desgracia ese ha sido el resultado del Leninismo, que con el supuesto objetivo de superar a la Modernidad Capitalista no ha hecho más que hacernos retroceder a la Pre-modernidad autoritaria.

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