La granujada social que se llamó Escuela de Chicago ha dejado la economía mundial, y, lo que es más letal, la salud del planeta herido de muerte

 

No, no se trata de un sincretismo revolucionario que le va a dar armonía a formas de entender el comercio entre gentes que entiendan las relaciones mercantiles de diferente manera, no, el TTIP y el tiro en la nuca tienen una identidad que dejan apabullado a todos los seres humanos, los que llevamos tiempo sudando por estos paralelos y meridianos, y aquellos que están en periodo de lactancia de leche materna, y no saben lo que les espera si el TTIP se firma, que, como está bendecido, tiene todos los visos de que llegue al buen puerto de ellos; de sus forjadores.

Servidor, sin pasar por ninguna facultad de ciencias económicas, simplemente con la observación del entorno y establecer un comparativo entre lo que había y lo que hay, entre lo que pudo ser y lo que hay hoy, canalladas sociales como la llamada Escuela de Chicago y flautas de un solo agujero por el estilo, nos han dejado donde estamos. Y donde estamos: libertos en una manumisión que las pagamos carísima, todavía les parece poco, les sabe a poco a los jefes gestores de la involución que nos está llevando a que la esclavitud sea una forma de mal comer y mal vivir para pasar el rato, aún mejor que el vivir por libre abonando el cupo de manumitidos.

La granujada social que se llamó Escuela de Chicago ha dejado la economía mundial, y, lo que es más letal, la salud del planeta herido de muerte. El TTIP, el acuerdo trasatlántico que ni es acuerdo ni cruza el Atlántico, va a rematarlo todo con la eficacia del tiro en la nuca que vamos a recibir uno por uno todos los consumidores actuales y los que puedan venir, si vienen, con la sola excepción de los que se necesiten como supervivientes porque sean necesarios para que los grandes empresarios no se unten los zapatos con el barro de los bancales a la hora de arrancar lechugas, que, si hace falta, se pintaran con pintura verde si viene al caso y resultan más rentables.

El acuerdo comercial, que no es tal acuerdo ni comercial, conocido como TTIP, se lo ordenaron los grandes grupos empresariales a que lo orquestaran todos los presidentes y jefes de estado y de gobierno de Europa por mandato expreso y determinativo del sistema, y dejará sin efecto de un plumazo cuando se firme, engañando al personal, sin ningún escape, sin absolutamente ningún beneficio a nadie, excepción de las grandes corporaciones que ya han más que demostrado su brutal temeridad, no solo porque cuando ha llegado la ocasión, o estamos en ello, ni se alteran con los genocidios, y no ven, en sus lógicas asesinas, motivo de alarma alguno en el hecho de que los consumidores puedan comer pan amasado con sobras de serrín de aglomerado, en el supuesto caso de que el serrín fuese más barato que el trigo transgénico. Porque todo producto, sea el que sea, se comparará y se barajará sin pensar en que al consumidor le pase como a los buches de los pavos y entregue la cuchara en pos de los beneficios económicos de utilizar como alimento cualquier serrín o escoria sin reflejarlo en el envase.

El asunto del TTIP no es una canallada achacable al temerario infantil y brutal capitalismo yanqui, no, el TTIP es una vergonzosa o vergonzante bajada de calzones colectiva al unísono de la culta Europa, de la llamadas ideas-fuerza de un cristianismo metido a banquero, a político, que del modo ladino tradicional, siguiendo la premisa evangélica de que el poder del dinero facilita la expansión del misticismo interesado religioso, no duda ante nada, para que el chiringuito eclesial vaticano no se establezca fuera del Vaticano, en una ciudad suramericana tropical, cerca de sus grandes latifundios, donde está el futuro. De ahí la necesidad de una salvaje herramienta de poder como es el TTIP, que convierta a la Vieja Europa en un inmenso paraíso fiscal para las corporaciones del sistema.

Y como saben que nos van a ganar la partida a los pueblos del planeta, en ello están y es muy probable que el TTIP, ahora casi un desconocido, vaya consumidor por consumidor rematándonos con un efectivo y sorpresivo tiro en la nuca individual.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

 

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