Trompeta en Cuba

Hay una parte vergonzante y vergonzosa a más no poder, que parte del hecho no muy publicitado del brutal uso indebido que se hizo de niños para ocupar los puestos de primera línea de combate en la llamada guerra de Cuba

Hay una parte vergonzante y vergonzosa a más no poder, que parte del hecho no muy publicitado del brutal uso indebido que se hizo de niños para ocupar los puestos de primera línea de combate en la llamada guerra de Cuba, para cuyo desarrollo guerrero organizaciones privadas y particulares gringas adelantaron los dólares necesarios, garantizados con avales, que después se los cobrarían a los cubanos al millón por uno, menos en lo que se refiere a los patrimonios eclesiales vaticanos, que no los tocaron, por fuera de la apariencia, porque los gringos son muy valientes, pero a la clerecía vaticana le guardan la distancia y los dos imperios económicos no se pisan mutuamente la manguera a la hora de sacarle el saín a los pueblos.

Aquella España de prensa borracha de un jingoísmo igual de irresponsable que ahora, con los mismos toques de hipócrita santurrería como ahora, va a ver con buenos ojos patrios que niños por debajo de los catorce años, en muchos casos once o doce, trompeta a los labios, siempre en la vanguardia de todo, excepto los turutas que tenían la suerte de estar al servicio de los “valientes” estados mayores, que como son mayores y valientes no suelen ir a primera fila de las guerras, y solo caen cuando los “cazan”.

Aquellos niños inocentes que los utilizaban como trompetas de órdenes, morían ante una salvaje indiferencia de un país, España, que presumía como ahora de muchas cosas respecto a lo que tilda como civilización cristiana; pero, que, en la realidad, se suele quedar oculta en la letra pequeña del contrato que redactan los mandamases unilateralmente a ser de obligado cumplimiento por parte de nosotros las gentes, y para ellos solo de boquilla.

Como los pocos trompetas supervivientes de aquella enorme tragedia netamente popular que fue la llamada guerra de Cuba, en teoría por ser chiquillos disponían de larga vida por delante, en caso de caer heridos, las dos pesetas con cincuenta céntimos mensuales que la magnanimidad patria le asignaba a un soldado por su heroísmo, a los trompetas se le disminuía; y, en ningún caso, se le dejaba como pensión de por vida, sino que aquella limosna patria se le daba, en teoría muchas veces, pero en la práctica nunca había dinero en efectivo sino vales de guerra, solo mientras duraba la convalecencia del chiquillo trompeta, si no era muy larga.

Ante las bajas cuantiosas de turutas, se llegaron a arbitrar fórmulas para que a Cuba, a aquella isla llena de granujas en la estúpida postura gubernamental española aplaudida por su prensa, se enviaba lo que se llamaba un maestro trompeta, para que reclutara en la isla niños cubanos inocentes del todo, se le diera un uniforme de rayadillo, un par de alpargatas, un sombrero de guano, y un pasaporte casi seguro a la muerte o la herida que lo dejara inútil de por vida.

Como por lo general los niños cubanos que se reclutaban para ocupar el cargo de trompeta eran “niños de la calle”, en una situación familiar exactamente igual a los millones y millones que pululan ahora como consecuencia de la civilización capitalista actual de los buenos, y que los llamados terroristas se oponen a sus bondades, los citados niños cornetas morían en el más completo olvido. Y cuesta mucho encontrarte en la crónica con alguna referencia sobre la persona de un niño trompeta degollado, que no muere bajo una explosión de buen hacer y honor a como lo hace un llamado alto mando.

Quizá, lo más duro, lo más lacerante de todo esto, es que cuando te sumerges en la consideración y lectura de los avatares pasados en referencia a la guerra de Cuba o a cualquier otro conflicto bélico, la tristeza radica en que la palabrería que se utilizan en el argot guerrero, las conductas sociales y estamentarias, son exactamente las mismas las de antes a las de ahora. Y el hombre solo ha progresado en la limpieza de la ocultación de datos y cadáveres, porque aquello que no se publicita, y muerto que no se conoce, no ha existido.

Hubo un periodista español pasado a las fuerzas Libertadoras Cubanas, que durante la llamada Guerra Necesaria de Cuba se topó con su muerte en Cerro Caimán en la provincia de La Habana. Y tal y como se desenvuelve en la actualidad la llamada prensa rosa, que es capaz de darle la vuelta al hecho y decir que a los mandamases españoles les pagan las queridas o los queridos a ellos sus estimadísimos servicios, en medio de un sin razón monstruosa, aquella prensa española gemela de la actual, no dudó en intentar centrar la opinión pública en aquel español, a la sazón comandante del ejército cubano, porque había tenido la desvergüenza e inmoralidad de haber escrito un libro titulado “Mis Duelos”, una publicación de gran éxito, en la cual relataba los nueve duelos por asuntos varios que mantuvo a lo largo de su vida.

Un tema así, algo que llevaba emparejado la posibilidad de una muerte por el gilipolla honor de una gilipollería, entraba de lleno en los gustos tapadera de la época, que se aireaban con el visto bueno del sistema, aplaudidor de la latente esclavitud, y sin sonrojo alguno por la muerte de niños trompetas que se mandaban a la guerra.

Tal que ahora. Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.