No creo que hiciera bien bien Donald Trump. No debe amenazar si realmente no va a atacar al régimen de Maduro, quedando como el fanfarrón que ladra y luego no muerde.

Así lo piensa este humilde opinador, que sin ser anti-Trump tampoco es fan de este ni de ningún otro presidente o político destacado, por más que sea de mi bando y bandera. Tal vez por cuestión de temperamento o por estar de vuelta de los entusiasmos febriles. Curado de espanto, para decirlo pronto.

Eso sí, de lo que puedes estar seguro es de que aborrezco con toda mi alma a Obama, a los Clinton y a todos los figurones del partido del burro, por apaciguadores entreguistas del castrismo, entre otras charranadas. Gente a la que no le doy ni siquiera el apoyo indirecto de un antitrumpismo leve. Porque no me da la gana y porque el destino de Cuba sigue siendo mi ‘última ratio’. De eso, no te quepa la menor.

Conste que me cuento entre los que creen que una intervención militar de Estados Unidos en Venezuela —lo mismo que en Cuba, llegado el caso— sería una solución providencial. Remedio santo. Como lo fue en su momento el certero zarpazo en Panamá con el fin de desplazar del poder al narcogeneral Noriega y devolverle la normalidad al país del istmo. No tengo nada contra el imperialismo —absolutamente nada, quede claro—, a no ser contra el imperialismo ruso, que cuando entra en un país se queda una eternidad y pico. Lo digo por las claras para que no haya equívocos.

Sin embargo, esta declaración intempestiva del presidente Trump resultó contraproducente y colocó a la oposición venezolana, al igual que a los gobiernos de los países del área, ante un dilema difícil. Una trampa saducea en la que irremediablemente se queda mal en uno u otro sentido, por fas o por nefas. Tal como aquellas preguntas capciosas sobre la resurrección, la lapidación o los impuestos del César, de las que solo Cristo sabía salir airoso.

Probablemente, la mayor parte de los opositores venezolanos (y creo que la mayoría del pueblo también) le daría la bienvenida a una invasión americana que de una vez pusiera fin al drama venezolano, pero no se atreven a admitirlo públicamente. Asumir tal postura supone un alto costo político en el subcontinente del antimperialismo primitivo, tipo ‘Yankee, go home’. El mantra de la soberanía y el principio de no intervención es la coartada perfecta de las tiranías comunistas. Esa hoja de parra tan marchita sigue siendo su mejor blindaje.

Menos mal que el encargado de responderle al presidente fue Nicolasito Maduro. Combinando la épica anti-Trump con la bobería de la ‘mística bolivariana’, este otro pequeño Nicolás amenazó con ir hasta Nueva York para tomar por asalto la Casa Blanca y pintarla de rojo. Los americanos, según la guasa de las redes sociales, se han apresurado a trasladar en el más absoluto secreto la mansión ejecutiva para Wahington, D.C., no sea que se aparezca en zafarrancho de combate el hijo enchufado, o sea Maburrito. Que de tal piedra, tal seboruco.

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