Hubo una época en que odiaba los domingos porque debíamos alternar almuerzos en casa de los abuelos, donde se repetía aquella escenografía doméstica habanera presidida por el Sagrado Corazón de Jesús.

Hubo una época en que odiaba los domingos porque debíamos alternar almuerzos en casa de los abuelos, donde se repetía aquella escenografía doméstica habanera presidida por el Sagrado Corazón de Jesús, un cuadro de la última cena; una televisión en blanco y negro tipo mueble y había que vestirse para ir a comer arroz congrí, pollo asado o unos fileticos, arroz con leche (se quiere casar, con una viudita de la capital).

El divorcio de mis padres me salvó parcialmente de aquella rutina; pero en días señalados había que acudir a cumplimentar a los abuelos, que se quitaban de comer lo mejor que conseguían para que comiéramos todos en domingo y en sus casas.

La pelota fue un bálsamo, organizamos una liga de manigua; pero que funcionó de maravillas y nos permitió usar los domingos para ir rotando por estadios, donde coincidíamos con peloteros legendarios como Raúl Villa, Isidoro León, Tony González, Armando Capiró, José Miguel Pineda, Guagüita López, Leopoldo Márquez y Natilla Jiménez; que no jugaban, pero nos daban las mejores clases gratis de pelota.

Ver a Raúl Villa explicar cómo teníamos que deslizarnos en segunda, cuando se salía al robo de base. Raúl, que fue un segunda base legendario, decía que salvo que el catcher no tirara o le pelota se escapara a los jardines; jamás había que llegar a segunda con los pies, sino lanzarse de cabeza y planear con el pecho y los brazos para evadir al defensor y tocar la almohadilla por la cara que da al jardín central.

Varias veces lo hizo para mostrarnos su maldad en el juego de las bolas y los strikes.

Luego mi padre se inventó una alternativa a la pelota y a los abuelos, con el zoológico de 26 (una maravilla de parque urbano, pese al deterioro) y previa comida en el Cacahual (Rincón Criollo), en El Guajay (La Rueda), en los Mar-Init y la merienda garantizada en cualquiera de los Fruticuba.

El Parque Lenin fue otro pretexto para evadirnos del tedio de los domingos con abuelos; aunque luego pasábamos por sus casas y mi padre se ocupaba de llevarles Peters y Africanas; que ellos agradecían como tesoros casi extinguidos.

Nunca nos dimos cuenta que nuestra evitación lúdica nos privó de estar más tiempo con los abuelos; pero quien nos iba a decir a esas edades que los abuelos no eran eternos; que un batazo o un doble play nos iba a distraer de sentarnos en la mesa con ellos y oír sus historias, a veces repetidas; pero que nunca más he conseguido escuchar, aunque tengo las Grandes Ligas al alcance del mando de la televisión.

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