Un guajiro enamorado

París, 16 de octubre de 2016.

Querida Ofelia:

Te mando esta crónica  que me envió desde La Ciudad del Sol su autora,  la Sra. Marta Requeiro Dueñas.

“Miami, 14 de octubre de 2016.

Era la mayor de cuatro hermanos y la única hembra. Para haber nacido en la alborada de los años treinta, en un pueblo perteneciente a la zona central de Cuba, tenía sueños adelantados para una joven su época.  Inteligente, como después demostró serlo en la vida y capaz de desempeñar cualquier labor casera, sería un buen partido para el que la pretendiese como esposa, su padre lo sabía y quería lo mejor para ella.

Había nacido en el seno de una familia humilde. El progenitor, un comerciante de origen turco que había ido a parar a Cuba viajando como polizonte en un barco para huir de la demanda de jóvenes que su país tenía cuando la primera guerra mundial, apenas superaba los veinte años cuando la tuvo por primera vez en sus brazos tras auxiliar a la matrona en el difícil parto de su esposa.

A él no le resultaba sencillo suplir las necesidades de la casa con su trabajo de comprar al por mayor y algo más barato en la capital, y vender un poco más caro en el pueblo de Camajuaní o en lo intrincado de los campos y pueblos colindantes como Caibarién, Remedio, Vueltas y Tarafa -entre otros-.

A diario, antes del amanecer; aquel extranjero que ya se sentía cubano, llenaba las alforjas que pendían a ambos lados de su yegua con variados producto entre los que se encontraban: medicinas, artículos y productos de tocador e higiene personal, cuadros, botellas, imágenes religiosas y pequeños espejos, que él  mismo enmarcaba, con el objetivo de vender o trocar y salir a hacer el dinero, el que resultaba medianamente suficiente, para mantener la familia.

La madre, casi analfabeta, ejercía de torcedora de tabacos en el despalillo del pueblo, tenía como carta de presentación su belleza y como don su laboriosidad tanto fuera, como dentro del hogar el que empezaba a llenarse con la prole que alcanzó el número de cinco tras perder el último varón tras una enfermedad, hoy evitable.

En el pueblo de Camajuaní de la década del cincuenta no había mucho futuro para la primogénita de modesto linaje que, a esas alturas, ayudaba económicamente en el hogar con su trabajo de maestra particular cobrando veinte centavos al mes por enseñarles lo básico en matemáticas y escritura a un puñado de niños, en la propia casa, además de ejercer como costurera para familiares y amigos.

Había hecho el bachillerato, se había formado como taquimeca y concluido un curso de corte y costura con notas sobresalientes, pero en el pueblo no encontraba ocupación donde desempeñarse.

Soñaba con ser cantante y no quería desaprovechar la oportunidad que, ya picando los treinta, se le presentó de asistir a un concurso en la emisora radial del pueblo donde cantaría “Boquita azucarada”. Asistió a espaldas de su padre pero apoyada por su madre que igual que las vecinas, previamente avisadas, escuchaban atentas la radio aquella tarde imposible de fechar.

Cuando el progenitor amarró, más temprano que de costumbre, el cuadrúpedo sudoroso con el que se había transportado durante el día en la columna del portal, ya era demasiado tarde. Por las ventanas de la propia casa y las de la cuadra salía la potente voz que era arrastrada hasta los confines ayudada por la brisa y el agua de la cañada que pasaba paralela a la línea del tren entre el caserío, bordeando el kiosco de Azuquita y pasando por debajo de la calle Independencia, la que esta vez no tenía sobre ella el peso de las carrozas de Los Chivos y Los Sapos, bandos opuestos del pueblo que año tras año compiten en las carnavalescas y coloridas parrandas, no, ahora sobre esta arteria principal pasaban los carros y transeúntes preguntándose quién cantaba.

El chorro de voz cesó cuando el padre ya estaba en medio de la sala, se sacaba el sombrero y se enjugaba la frente con el antebrazo. La voz del locutor se dejó escuchar por última vez en la radio antes de ser apagada de forma brusca por la madre, para agradecer la participación de la talentosa y joven cantante y repetir el nombre de ésta para el conocimiento de los radioescuchas.

Quedaron enfrentados y perplejos, ambos: el padre por enterarse de los sueños atrevidos de su hija y la madre porque descubrieron su actitud cómplice. El turco negociante, al sentirse engañado, se puso de nuevo el sombrero y se montó en la yegua clavándole con furia las espuelas y haciéndola volar hasta el centro del pueblo donde se encontraba el edificio de la emisora.

Llegó tan rápido que aún estaba siendo interrogada al aire la debutante. Ésta al ver la conocida cara de furia asomada por el pequeño cristal de la puerta del estudio se espantó y explicó apresuradamente con mímicas al locutor que había sido descubierta por su padre. El profesional trató de disimular el alboroto sin que se le notara en la voz.

Sin poder complacer las peticiones de los que ya empezaban a llamar pidiendo otra, huyó por la parte trasera del edificio rasgando su vestido al querer saltar por una cerca. El reiterado y último agitado galope, quizás, le impidieron a la yegua ser más veloz que la sorprendida joven la que se encontraba parapetada tras su madre cuando el colérico turco hizo su aparición nuevamente en el hogar.

La condena: Buscarle un buen pretendiente, de entre los que no le faltaban, para que no se perdiera por los bajos mundos de los escenarios, los telones y las candilejas con los que ella soñaba despierta.

Lo que no sabía el padre era que hacía tiempo la joven no tenía sólo su corazón y que, también con ayuda de la madre, se las agenciaba para salir a escondidas o con el pretexto de que iba a hacer algún mandado o visitar a un familiar para verse en el parque Leoncio Vidal, cerca de la Calle Real, con su enamorado. Uno al que el viejo tildaría de simple guajiro y que por nada del mundo querría de yerno. Ellos, en secreto, sin tener claro dónde iban a vivir pero guiados por su amor, hablaban de boda, reunían dinero para comprar el ajuar, y un terrenito donde hacer su casa.

Cuando el padre supo que a ella ninguno le gustaba o convenía, salvo aquel Don nadie, avisó pronto a las escasas amistades que tenían en La Habana, esas mismas que ya habían emigrado del pueblo, para ver si uno de ellos conocía a alguien que quisiera emplear a una joven hacendosa, un tanto letrada y además costurera, para realizar labores del hogar y retribuirla con un salario digno.

Así fue como poco tiempo después la joven viajó a La Habana a empezar una nueva vida. Dejo atrás su familia, sus sueños, y el roto corazón del guajiro enamorado con el que tampoco se casó y que, seguramente, se quedó cantando versos parecidos a estos que siguen y me inspiró está historia.

Guajiro enamorado

Un guajiro montado en su caballo

va cantando su pena tan sentido,

suplicándole al amor que se le ha ido

que regrese de nuevo sin reparos.

 

Porque el cielo ha perdido su azulado,

los días tienen un contenido vano.

La palma no es tan bella en lo lejano,

ni el canto del sinsonte tan preciado.

 

La piensa todavía enamorado

anhelando besar su dulce boca.

Sus lágrimas resbalan por las rocas,

transformando el río en mar salado.

 

Los penachos esparcen el lamento,

lo cantan las aves en lo lejano.

Llega a los oídos en forma de rezo

su corazón por pena atravesado.”

 

Marta Requeiro Dueñas.

 

La autora creó dos blogs en los que publica sus trabajos, narrativos y poéticos: martarequeiro.blogspot.com  y   www.facebook.com/martarequeiro

Un abrazo con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.