Uvas de Cuba ¡Tiembla Burdeos!

Pese a que la vid es un cultivo de clima templado en las lomas de su finca la fomenta a más de 30 grados

 

FLORENCIA, Ciego de Ávila.—Cuando hace más de tres años salió a la carretera y se montó en el vehículo rumbo a la casa de su amigo Jorge Chávez, en Villa Clara, no pocos pensaron que Joel Morales de San Gil, el guajiro de la finca Manaca Arriba, perteneciente a la cooperativa de crédito y servicio Ramón Duque, había tomado el rumbo equivocado.

—¿A buscar uvas?, cuestionó Antonio Osiel Morales, el padre, quien, acostumbrado a la ganadería y el tabaco, aventuró el fracaso rotundo de su hijo, “nacido entre las patas de los animales y la sombra de una de esas matas que nada tienen que ver con los viñedos”, como reconoce Osiel en un descanso en el portal de la casa.

A Joel se le nota cada vez más absorto en su mundo de ensueños y conserva las mismas 3 000 matas traídas desde la central provincia. Pese a que la vid es un cultivo de clima templado (se caracteriza por temperaturas me­dias anuales entre diez y 20 grados centígrados), según define la bibliografía, en las lomas de su finca la fomenta a más de 30 grados, toda una novedad, al menos en la zona.

“Tengo una hectárea sembrada y he recogido los frutos de cuatro cosechas. Ahora acabo de comenzar la quinta, un poco desfasada por el cambio climático, digo yo, pero los frutos están lindísimos, tienen buen sabor y la gente me los vuela”.

No hay que hablar mucho para darse cuenta que en Joel forman parte del sentido último de su existencia el cultivo de la tierra (su finca ostenta la condición de Triple Corona, otorgada por el Grupo Nacional de Agricultura Ur­bana y Suburbana y hace poco incorporó la producción de tabaco), la ganadería (aporta todos los años más de 15 000 litros de leche) y los frutales, incluidas 500 matas de mamey e igual número de aguacate, pero nada le agrada tanto como salir en las mañanas a deleitarse con su viñedo.

“Cuando me levanto, una de las primeras cosas que hago es caminar entre las matas. Veo los racimos y disfruto, porque en la zona nadie se había atrevido a cultivar uvas en pleno lomerío, con tanto calor y escasez de agua.

“No soy el primero en la provincia. Me han dicho que por la isla de Turiguanó, allá en el municipio de Morón, y por Majagua, hay personas que también incursionan en este cultivo, pero tienen menos área.

“Es bueno que suceda, para que haya uvas al alcance de todos y en grandes cantidades, sin necesidad de importarlas, porque imagino eso le cuesta mucho al país.

“Yo mismo puedo producir para comercializarla en frontera, en los hoteles de la cayería norte de Ciego de Ávila, pero nadie me ha dicho nada”.

“No se trata de tener protagonismo, pero los campesinos lo que tenemos es que diversificar las producciones. Ojalá otros lo hagan, porque de lo que se trata es de producir. Estoy seguro de que las uvas tienen gran demanda en la elaboración de vinos artesanales y también para la comercialización en los mercados agropecuarios estatales.

Sin ínfulas de trascendencia, expresa que ha ganado en conocimientos y sabe que un viñedo puede durar muchos años; no obstante, prefiere hablar del suyo, que entre noviembre y diciembre entró en fase de descanso vegetativo hasta el inicio de la cosecha, que se extiende desde mayo hasta septiembre. “Al menos así se ha comportado el mío, aunque este año la cosecha se me retrasó dos meses”, precisa.

La labor de Joel ha sido paciente, constante y demorada, con el único propósito de demostrar que el fomento de la vid no es exclusivo de las zonas templadas de Europa, o de Asia Me­nor, de donde es originaria.

Pese a todas esas bondades, el atrevimiento no ha podido abrir del todo el camino de la comercialización, para que llegue el día en que la uva escale posiciones y no solo sea de la preferencia de los campesinos, sino de la población.

Hispanista revivido.