Historias de vida en la frontera

María es la representante de los cubanos que están allí. Nadie le dio ese cargo, nadie votó por ella, pero su manera de expresarse y el liderazgo natural que muestra, la han llevado a hablar por los que prefieren permanecer callados. No obstante confiesa a este diario que le da un poco de miedo hacer declaraciones: “No vaya a ser que el día de mañana el Gobierno cubano no me permitan visitar a mi familia”.

El albergue recuerda las escuelas al campo por los que pasó la generación de María y del joven pinareño. La diferencia es que aquí no están obligados a trabajar en la agricultura ni a escuchar la cansina propaganda ideológica en el matutino. Son libres, pero tienen una obsesión: seguir el camino hacia “tierra de libertad”, aseguran.

Sioveris Carpio salió el 3 de septiembre hacia Ecuador. Nunca imaginó que su ruta se fuera a complicar de esa forma. Llegó a tierra tica el 12 de noviembre cuando ya la frontera estaba cerrada. Ahora, cuando se le pregunta si no tuvo la tentación de dar marcha atrás, usa una consigna escuchada mil veces al oficialismo cubano: “ Pá tras ni para coger impulso. El objetivo mío es llegar”, remacha con una sonrisa.

Es músico aficionado, terminó el doce grado y ha trabajado como animador y operador de audio en Trinidad, pero vive en el Condado, un rincón del Escambray donde operaban los alzados en la década del sesenta. “Vivo cerca de donde está el monumento a Manuel Ascunce, el alfabetizador asesinado por los alzados”, cuenta y de inmediato aclara “que yo me vaya para Estados Unidos no quiere decir que yo estoy contra la Revolución”. En la conversación no hay nadie más que este reportero y el aguerrido joven, pero por momentos habla como si mil oídos escucharan.

“Nací y me crié bajo un techo revolucionario, lo que pasa es que ando en busca de una mejora económica”, aclara Sioveris Carpio

“Nací y me crié bajo un techo revolucionario, lo que pasa es que ando en busca de una mejora económica”, aclara. Repite la letanía de tantos sobre su decisión, que “no es política”, pero confiesa que ha elegido Estados Unidos “porque es un país donde se puede encontrar una oportunidad para prosperar”.

Si “la cosa se pone mala” y no puede proseguir hasta alcanzar su sueño, Carpio valora quedarse en territorio tico. “Aquí mismo”, señala y refiere que “la gente es buena y tenemos el mismo idioma, aunque la vida es cara y no es fácil encontrar trabajo”.

En Cuba dejó a toda su familia y asegura que sus padres “están sufriendo muchísimo porque saben que estoy aquí”. Su sueño, incluye sin embargo la meta de volver algún día a Cuba. “Ahora no, porque desgraciadamente no hay oportunidades, los salarios son mínimos al extremo de que si te compras un pantalón no puedes comer en el mes”.

Carpio es un escéptico de los cambios económicos que se han operado en la Isla en los últimos años. “Los resultados solo se verán a largo plazo. Habría que esperar mucho y casi tengo 40 años”. El reloj de su vida ha marcado una hora crucial y prefiere pasar su atardecer en tierras extranjeras.

“Aquí en el techo de mi casa tengo una antena para la televisión y ellos me cuentan que en su país están prohibidas las parabólicas”, dice un costarricense

Pero Carpio es sólo una parte de este drama. Los pobladores de Nazaret han visto cómo decenas de estos migrantes llegan a su territorio y han salido a ayudarlos. Mauricio Martínez vive, desde que nació, frente a la iglesia Betel en el barrio de Nazaret, aunque no forma parte de la feligresía habitual del templo. Ahora le dedica muchas horas de su tiempo a conversar con los cubanos.

Mauricio Martínez vive, desde que nació, frente a la iglesia Betel en el barrio de Nazaret (Foto 14ymedio/Reinaldo Escobar)
Mauricio Martínez vive, desde que nació, frente a la iglesia Betel en el barrio de Nazaret (Foto 14ymedio/Reinaldo Escobar)

“Nunca antes había pasado nada parecido a lo que ocurre hoy aquí. Al principio teníamos cierta inquietud, pero se trata de gente muy tranquila y muy bien educada. Son muy respetuosos”, confirma.

La ayuda que la comunidad ha brindado a los migrantes ha sido espontánea. La gente trae ropa o comida, “según lo que cada cual pueda porque somos personas humildes”,  aclara Martínez. “Pero nos hemos dado cuenta de lo que están pasando ellos y por eso colaboramos”, reflexiona.

La llegada de los cubanos también está dejando una honda impresión en la manera que muchos ticos ven el mundo. “Conocerlos nos ha permitido enterarnos de una realidad muy diferente a la nuestra y distinta también de lo que podíamos imaginar”, asegura el solícito vecino. “Aquí en el techo de mi casa tengo una antena para la televisión y ellos me cuentan que en su país están prohibidas las parabólicas, entonces es que me doy cuenta de que lo que están buscando en la libertad”, sentencia.

Un vehículo de la firma Movistar está parqueado frente al albergue. El señor Benavides, agente de ventas se siente satisfecho del éxito que ha tenido vendiendo teléfonos, tarjetas SIM y recargas a los cubanos. “Desde que supimos que los albergues se habían llenado de estos migrantes supusimos que seguramente querían comunicarse con su familia”.

“Aquí vine con mi esposa, pero allá dejé a mis cuatro hijos, dos nietos y a mi madre”, cuenta Julio César, que era operario en una recapadora de neumáticos

El empleado aclara que “hay un interés comercial, pero lo primero que nos trajo hasta aquí fue el deseo de ayudar”. “Es sorprendente cómo conocen las marcas modelos, se ve que son personas modernas y que tienen muchas ganas de prosperar”, apunta.

No es fácil ganarse la confianza de quienes han tenido que pasar clandestinamente varias fronteras y temen que les quiten el poco dinero que les queda o los engañen los traficantes, pero algunos hablan para este diario como la familiaridad de viejos amigos.

Julio César Vega Ramírez de San José de las Lajas, no le tiene miedo a nada. Salió de Ecuador hacia Colombia sin conocer el camino, luego a Panamá en lancha y de ahí a Costa Rica, donde le dieron un salvoconducto por siete días que le han prorrogado por quince más. “Con esa visa podemos movernos por todo el país con entera libertad”, asegura.

El hombre cuenta que “aquí todo el mundo nos ha ayudado, la iglesia los vecinos, las organizaciones. Nos traen sacos de naranja de yuca o plátano sin cobrarnos un centavo. También cubanos que vive en San José han traído donaciones”. Aunque también ha tenido el apoyo de su familia de Miami. “Me han mandado el dinero poco a poco porque no es recomendable andar con mucho dinero encima”, explica.

Julio César era operario en una recapadora de neumáticos. “Aquí vine con mi esposa, pero allá dejé a mis cuatro hijos, dos nietos y mi madre”. Cuenta que su familia estaba al tanto de lo que iba a hacer. “Aunque no les dije nada a los del trabajo por temor a que alguien me fuera a echar pa’lante y se me echara a perder el plan”.

Su esposa, Maritza Guerra, es licenciada en enfermería y tiene un máster en atención integral al niño. Durante años ha sido enfermera en la sala de pediatría del hospital Leopoldito Martínez en San José de las Lajas. Es también intensivista pediátrica. “Aquí nos comunicamos con nuestras familias y amistades gracias a que nos pusieron inmediatamente una zona wifi a nuestro servicio completamente gratis. Yo quisiera pedirle a los cubanos del exilio y a los de la Isla que nos ayuden, que por favor, hagan algo por nosotros”, clama con insistencia.

En la tarde, cuando cae el sol, los árboles se llenan de pájaros. El ruido que hacen es muy diferente al de los gorriones en los parques de Cuba, porque aquí hay mucha variedad y todos cantan diferente. Pájaros que conviven los unos con los otros y vuelan libremente de una a otra frontera.

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