La agonía política del nicolasismo ha sacado a flote lo peor del país, con una larga y lamentable tradición de asesinatos de jóvenes estudiantes a manos de los gobiernos de turnos.

La muerte de Chávez, un santón carismático y que mantenía unidas a las numerosas familias políticas que conviven dentro del bussines bolivariano, desató las luchas internas por el poder y profundizó la crisis económica que provocó el telepredicador con caprichos e infantilismo.

Carlos Andrés Pérez mandó a asesinar al joven líder estudiantil Jorge Rodríguez, que había puesto contra las cuerdas a su primer gobierno, liderando un movimiento juvenil que desató el pánico en Miraflores.

Lógicamente, las fuerzas vivas de entonces hablaron del peligro de la penetración castro-comunista en Venezuela, que ya había superado su fase aguda y hasta relaciones diplomáticas habían establecido; pues Fidel Castro se sintió abandonado por los soviéticos y había dado un portazo a Washington, que le propuso normalizar las relaciones a cambio de salir de Angola, en aquellos años.

Octavio Armand y José Delgado (Joseíto) pueden contar la escena de la suite del Caracas Hilton en la que el bushido ordenó al primer anillo de su escolta regalar sus pistolas a su viejo cúmbila de la UIR, Orlando García (nacido en La Habana y Jefe de la Seguridad de CAP) quien garantizó la vida de Fidel en aquella Caracas de 1989.

“La única sugerencia que me hicieron fue huir de la UIR”, revelaba García a sus amigos y confidentes sobre una discreta visita que hizo a La Habana porque su antiguo amigo quería mirarle a los ojos antes de emprender el viaje para asistir a la toma de posesión de Pérez.

(Luego se ha escrito mucho sobre la tozudez ¿gallega? del entonces líder cubano, pero se ha escrito poco o casi nada, que las tropas cubanas en Angola garantizaron la seguridad de las refinerías USA y la vida de los norteamericanos desplazados a las explotaciones petrolíferas de Cabinda, norte de Angola y frontera con el Congo).

Lógicamente, ahora las fuerzas vivas del nicolasismo en quiebra, hablan de injerencia norteamericana, de intromisiones de la OEA y hasta amenazan con revelar información clasificada de las conversaciones para la paz en Colombia, en su impotencia y rabia por ser tan malos gobernantes.

Quizá esto explique el prudente silencio de Trump sobre Cuba, que ha sido -hasta ahora- el principal garante de que las conversaciones gobierno-guerrilla colombianos no se fueran al traste y ha evitado que Maduro no se acabe de pudrir.

La Habana ha combinado las declaraciones públicas de apoyo al compañero Nicolás (con amigos como este, Raúl Castro no necesita enemigo) y reproches duros y constantes en privado sobre la manera errática en que se ha conducido el gobierno venezolano, que ha despreciado a la oposición y a su propio pueblo, corresponsable de todo lo que allí pasó, pasa y pasará.

A esta hora, La Habana debe tener a más de un funcionario conversando discretamente con la oposición venezolana y sugiriendo fórmulas para que el funeral chavista sea sencillo a la par que elegante, como las viejas crónicas sociales. Y un extracto de las Notas de trabajo de esos hombres y mujeres de low profile reposan en los despachos del State Department.

Dicen que el turismo norteamericano habría crecido un 118% de enero a marzo; y amor con amor se paga; aunque ya Cabrisas anunció que no hay fiesta, que hay que recortar y seguir saneando la economía. La vida te da sorpresas, el tardocastrismo haciendo el dirty job del Adolfo Suárez cubano y de los políticos de mañana.

Raúl Castro sabe lo que es quedarse sin suministrador de combustibles en una isla, y hace años que tiene planes alternos con Kazajastán y Angola; entre otras razones porque ya no cuenta con la entonces Reserva de Guerra Made in URSS y ahora mismo afronta una crisis (otra más) de liquidez por haber afrontado pagos importantes de la vieja deuda y a la incapacidad del Buró Político para generar un modelo que combine la eficacia con la solidaridad y la creación de riqueza y bienestar con la pluralidad política (¿era así, Lili?)

Nicolás Maduro Moros es un cadáver político y sin recambio posible porque lejos de bajar las tensiones y ordenar la economía se ha dedicado a aislar a Diosdado Cabello y su gente y a producir hambre y represión con inusitada eficacia.

Y el hambre, ya se sabe, es mala consejera…

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