La expresión de su obra es un todo indivisible y único, comunión entre lo que le rodea y alimenta sus raíces en el imaginario que sostiene su condición de artista. He aquí el secreto de la obra del pintor Vicente Hernández Hernández.

Nacido en Batabanó en 1971, ha sabido conjugar dos universos: la realidad de su Surgidero de Batabanó y la imaginación. Su sólida obra concita la admiración de los más disímiles públicos y conquista espacios cada vez más amplios en importantes galerías de Cuba y el mundo.

Su luz y colorido nos enfrenta a la turba y las arenas sulfurosas del sur de la Isla, los fondos bajos y entretejidos de mangle, el azul delicado y turbio a veces, o de los tonos rosas del atardecer en Batabanó. No sólo atrapa el color del Caribe, sino también su sentido, la nostalgia y el alma de quienes lo habitan.

Con la mayor naturalidad, descorre las cortinas de un Surgidero “inadmisible y macondiano, donde los personajes (Juventino Rosas, por ejemplo, o cualquier vecino del lugar) se mueve con pasmosa normalidad, ya sea en el vientre de un zeppelín, ya en el desaparecido Hotel Cervantes que navega siempre como el extinto barco Pinero.

Desde el inicio su obra apuntó a un surrealismo muy nuestro. Llegar a esa concepción no fue un camino breve ni sencillo. Sabemos de su laboriosidad, constante bregar e indeclinable voluntad de aparecer con pinceles y lienzos bajo el brazo, en cualquier encuentro, certamen o salón, donde ha conquistado más de un premio.

Cada obra suya es la unión irrevocable de lo vivencial, culturano, universal y lo libresco. Son “narraciones” desconcertantes y llenas de júbilo. Ningún detalle, por nimio que parezca, escapa a la escena; todos resultan eslabones imprescindibles que Vicente recrea. Cada obra aporta matices distintos y sutiles, sorpresas deslumbrantes, destellos de humor o enigmas que nos hacen pensar.

El surrealismo de Dalí, Giorgio de Chirico o Kandinsky no es suficiente para descubrir las claves de su obra. Hay evocaciones discretas al barroco y aun, a la composición medieval abigarrada y absurda en apariencia, pero de una riqueza imaginativa y de fantasía sin límites.

La obra de Vicente Hernández reconocida por su auténtica cubanía en importantes galerías de Norteamérica y Europa, es sin embargo, casi desconocida en nuestra provincia. Las galerías de arte están a veces ciegas y fríamente con los pintores “del patio”. Y ya es hora de organizar exposiciones que nos revelen su talento.

Como joven, su pintura no sólo se mueve por el impulso de la creación, sino por la experiencia acumulada y la seguridad en el camino desandado, por haber puesto todo su empeño y recibir del suelo materno y del esfuerzo, el mejor de los premios.

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