Vindicación de Valeriano Weyler

Fue Gastón Baquero el primer cubano a quien le oí un elogio de Weyler. Acababa yo de llegar a Madrid —a mi salida de Cuba— y Roberto Fandiño me llevó a conocer a Gastón, quien nos había invitado a cenar en su pequeño apartamento repleto de libros. No recuerdo ahora por qué —mientras cocinaba un picadillo inolvidable— empezó a hablar de Weyler, a quien veía como un hombre injustamente satanizado por la propaganda y quien, pese a haber llevado a cabo una sangrienta campaña militar, no había sido más cruel que muchos jefes insurrectos.

Vicente Echerri, Los ecos de la mala fama, Cubaencuentro.

En el verano de 1958, en medio de una ofensiva militar contra el movimiento encabezado por Fidel Castro en la Sierra Maestra, el gobierno hizo público el plan de sacar a los campesinos del terreno de operaciones con el fin de privar a los alzados de una colaboración que se juzgaba imprescindible para su sostén. Me acuerdo que, en reacción a este anuncio, el ex presidente Ramón Grau acusó públicamente a Fulgencio Batista de comportarse “como un Weyler”.

El fantasma del capitán general —que en la última guerra de independencia cubana hiciera una campaña de tierra arrasada en la que los campesinos fueron forzados a concentrarse en las ciudades con unos resultados catastróficos— bastó para que el gobierno reconsiderara una acción que tal vez habría sido eficaz. La leyenda negra de Weyler era ya entonces uno de los mitos de la nación.

Acaba de publicarse en España un libro en el que, a manera de diario, María Teresa Weyler recrea una especie de autobiografía de su célebre abuelo. Desde luego que este libro —que aún no he leído— debe proponerse insistir en la reivindicación de Valeriano Weyler (1838-1930), no sólo por lealtad de familia, sino por fidelidad a los hechos históricos.

En este empeño, la obra recién editada no ha de ser la primera. La precede una biografía bastante seria que es el resultado de la colaboración de Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada (Weyler, nuestro hombre en La Habana, Planeta, 1997), quienes también se esfuerzan en demostrar que, en lugar del “carnicero” que caricaturizó la prensa norteamericana de fines del siglo XIX y que perdura hasta hoy en la memoria de los cubanos, el general mallorquín fue un militar honorable y un estratega inteligente que estuvo a punto de derrotar la insurrección en Cuba y quien, hasta el final, fue un individuo de ideas liberales que —a diferencia de muchos otros espadones españoles de su tiempo— creía en el papel subordinado de las fuerzas armadas.

No sé que elementos nuevos pueda agregar ahora la nieta de Weyler —a quien Cardona y Losada le dan las gracias en su libro—; pero más allá del tono íntimo y personal, propio de unos papeles que pretenden ser autobiográficos, sospecho que abundará en los rasgos positivos del general que ya se encargaron de resaltar los autores citados.

¿Qué hay de válido en esta reivindicación de Weyler o de verdadero en la leyenda que lo ha estigmatizado por más de un siglo?

Que esa opinión la sustentara Baquero, cuyas credenciales patrióticas no están en duda —y tanto que se lamentaba de haber recibido la ciudadanía española en un aniversario de la caída en combate de Antonio Maceo— me obligaba a revisar mis prejuicios. Gastón afirmaba que el carácter criminal del hombre que estuvo a punto de liquidar, a favor de las armas españolas, la insurrección iniciada por Martí era una fabricación de sus enemigos —cubanos y norteamericanos por igual— y que las decenas de millares de muertos que provocó en Cuba su bando de reconcentración fueron más el resultado de la imprevisión y de graves fallos logísticos que de la voluntad expresa de un genocida.

Cuando Weyler se hizo cargo del gobierno de Cuba, el 10 de febrero de 1896, en relevo de Arsenio Martínez Campos, la insurrección se había extendido de una punta a la otra de la Isla y los españoles libraban más bien una guerra defensiva. Desmoralizados por el avance de los mambises, que prácticamente imperaban en el campo cubano, y diezmados por las temibles enfermedades tropicales, al año de empezada la guerra parecía que podría ser tan breve como su iniciador la imaginó. No pocos historiadores de todos los bandos coinciden en que a principios de 1896 —no así en el 98— los cubanos parecían estar a las puertas de la victoria.

El estratega Weyler

El nuevo gobernador era un curtido militar que se había destacado por su eficacia en varios escenarios: Santo Domingo, Filipinas, Barcelona. De esta última ciudad, en la que había logrado reprimir un peligroso brote de anarquismo, había salido para su nueva comisión en La Habana. Su experiencia en la lucha antiguerrillera la había refinado, precisamente en Cuba, más de dos decenios atrás, durante la Guerra de los Diez Años, cuando a las órdenes del Conde de Valmaseda terminó convertido en el primer estratega de la contrainsurgencia. En la lucha contra los mambises cubanos, Weyler ganó varias condecoraciones y fue ascendido a brigadier.

En las grandes sabanas de Camagüey y del norte de Oriente, cubiertas de hierbas altas, las columnas españolas eran casi impotentes para oponerse al constante asedio de las tropas de Máximo Gómez, que recién inventaba la guerra de guerrillas. La táctica que seguían los regulares españoles acentuaba su indefensión frente a un enemigo que no se mostraba. Weyler ideó el sistema de destacamentos paralelos que flanqueaban a las columnas y que, al tiempo que impedían que los guerrilleros emboscaran al grueso de los soldados, estaban adiestrados en perseguir a los cubanos, casi siempre inferiores en número y armamento.

Weyler, que debido a su pequeña estatura y a su renuencia a valerse de favores políticos, se había impuesto la austeridad y la tenacidad desde los tiempos de la escuela militar, solía compartir con sus tropas el rancho, la intemperie y todas las otras fatigas de una campaña militar. Este rasgo de su carácter se traducía en una condición de la cual, con el tiempo, se derivó su mala fama: era infatigable e implacable en la persecución del enemigo.

La guerra, y particularmente la guerra irregular que se libraba en Cuba —que también tenía las características de contienda civil—, aguzaba la crueldad y los instintos más feroces. Los integristas españoles —opuestos a cualquier debilidad y amago de reformas— se habían organizado en el cuerpo de voluntarios, sobre todo en defensa de ciudades e industrias, y llegaban a atemorizar a las propias autoridades, sobre todo en La Habana, donde con abiertas amenazas impusieron el fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871.

La otra cara de la moneda

En el campo de batalla, los rebeldes no se destacaban por ejercer la misericordia frente a unos reclutas mal entrenados que caían como moscas víctima de las plagas y del machete mambí. Weyler decidió superar el escollo con la creación de unos batallones compuestos de nativos cubanos o de residentes aclimatados y aguerridos, a quienes no se les indagaban los antecedentes.

Ignacio Agramonte —pese a la legendaria hidalguía con que nos lo pintaron en la escuela— le dio por aterrorizar a los españoles haciendo decapitar a los prisioneros y colgando las cabezas de los árboles.

Estos “gurkas” cubanos, conocidos como los “cazadores de Valmaseda”, no tardarían en hacerse célebres por su arrojo y sus atrocidades: muchos eran negros libertos o fugados, o sanguinarios soldados de fortuna. Con ellos, el joven brigadier creía estar respondiendo eficazmente a los desmanes del Ejército Libertador.

Ignacio Agramonte —pese a la legendaria hidalguía con que nos lo pintaron en la escuela— le dio por aterrorizar a los españoles haciendo decapitar a los prisioneros y colgando las cabezas de los árboles. Weyler lanzó en su persecución a los cazadores de Valmaseda, quienes terminaron por ultimarlo a bayonetazos en Jimaguayú, y luego quemaron su cadáver. Al gobernador le pareció un exceso y pidió el relevo de Weyler, quien regresaba a España en 1873 con un expediente de feroz pacificador. Sería sólo el comienzo.

Al Weyler que llegaba a La Habana en 1896 lo precedía esa leyenda de hombre duro que no daba cuartel; leyenda que se había ido acrecentando con el tiempo. La metrópoli lo enviaba a pacificar por las armas a una colonia que casi estaba perdida y él pondría lo mejor de sí para lograrlo.

El gobierno conservador de Canovas del Castillo se aferraba a la posesión de Cuba y ponía a disposición del nuevo capitán general el mayor ejército que jamás hubiera cruzado el Atlántico. Weyler contaba ahora con los recursos para poner en práctica sus tácticas de anti-insurgencia, que había ensayado con algún éxito en la anterior guerra cubana y que consistían, básicamente, en segmentar el país e irlo “peinando”, al tiempo de privar a los rebeldes de sus aliados naturales, los campesinos. Esto último se lograba mediante la reconcentración forzosa de los pobladores del campo en las ciudades.

El bando de reconcentración, que primero se impuso sólo en Pinar del Río, no tardó en tener trágicas consecuencias (debido a la falta de albergues, alimentos e higiene para servir a los reconcentrados, que en poco tiempo empezaron a morir por millares, víctimas de las enfermedades y el hambre).

La corrupción y la ineficacia administrativa que minaban el poder colonial fueron en gran parte responsables de esta tragedia que Weyler, al parecer, no previó. En su contra puede decirse que, no escarmentado por los efectos del ensayo, extendió la reconcentración a las provincias de La Habana, Matanzas y Las Villas, con resultados aún más pavorosos. Tal vez creyó que era el precio —incluido el de su propio prestigio— que había que pagar por la victoria; tal vez fue incapaz de entender el gigantesco capital político que le costaría a España esa victoria.

Cuando es relevado de su mando en octubre de 1897, al tiempo que un gobierno liberal en Madrid le confiere a los cubanos, tardíamente, la autonomía, la pacificación se extiende hasta la frontera de Camagüey; pero el número de bajas mortales —incluidos los soldados españoles— pasa de los 200.000. Para entonces, la prensa norteamericana y la propaganda mambisa le han asegurado un nicho en la historia de la infamia.

Sin pretender exonerar a Valeriano Weyler de la catástrofe humanitaria que provocó su política en Cuba, creo que es una exageración el retrato de vampiro sediento de sangre que los cubanos hasta el presente hemos tenido de él. No fue él más cruel que algunos de los generales británicos que, por la misma época, “se cubrieron de gloria” aplastando revueltas coloniales (Bindon Blood en la India, quien ordenó arrasar literalmente “a sangre y fuego” a todos los moradores del valle de Mamund y quien expulsó a los afridis, luego de destruirles sus casas y cultivos, hacia una zona montañosa donde todos se murieron de frío; Kitchener en Sudán, dedicado a exterminar masivamente a los derviches del Jalifa); pero tenía en su contra el poderoso lobby cubano en Washington y la prensa norteamericana que le era simpática, e incluso, los periódicos liberales españoles, pese a que Weyler siempre se sintió un liberal.

El reloj de Maceo

Su carrera no terminó con su relevo del gobierno de Cuba, sino que se extendió por casi treinta años más, en los que fue acumulando ascensos y honores debido tan sólo a su talento de estratega y a su capacidad como servidor del Estado. En 1913, le conceden el Toisón de Oro, la mayor distinción que otorga la corona española, y en 1920, Alfonso XIII lo nombra Duque del Rubí, con grandeza de España, en mérito a la batalla en que asaltó y tomó el campamento de Maceo en las lomas del Rubí (Pinar del Río). A éste último lo admiró siempre como su más formidable adversario y, a su salida de Cuba, se llevó consigo la silla de montar, el revólver y el reloj que Maceo usaba en el momento de morir.

Según me contó Gastón Baquero la noche que nos conocimos, el reloj de Maceo tuvo un innoble fin: uno de los hijos de Weyler se lo regaló al Dr. Castro Viejo, el célebre oftalmólogo, luego de una exitosa operación de la vista; y éste, tiempo después, de visita en Nueva York, lo dejó en la guantera de su auto de donde lo sustrajo un ladrón neoyorquino.

El liberalismo de Weyler se acentuó con el tiempo y, contrariando su tradicional neutralidad política, se opuso activamente a la dictadura de Primo de Rivera, al extremo de llegar a violar un principio que hasta entonces había sido uno de sus mayores motivos de orgullo: el no haber conspirado nunca. El complot es abortado y el anciano general sufre un breve arresto; pero este revés no lo disuade de la oposición que lo lleva a encontrar los aliados que creeríamos menos probables.

En 1929, en una carta al líder socialista Indalecio Prieto, le insta a la acción: “Usted constituye, de hecho uno de los más fervorosos paladines de nuestras libertades… Declaro que jamás conocí una tan encarnizada y tenaz amenaza contra nuestro ideario democrático. La reacción, señor, nos tiene inmovilizados… Ella es el enemigo. Y contra ella hay que actuar sin vacilaciones ni flaquezas. No hay otro camino… Ahora más que nunca se impone la serena y decidida cooperación de todos, sin tiempo que peder” (Cardona, Gabriel y Juan Carlos Losada: Weyler, nuestro hombre en La Habana. Barcelona, Planeta, 1997).

Murió poco después de la caída de Primo de Rivera, a los 92 años. Pese al extenso libro en cinco volúmenes (Mi mando en Cuba), en el que intentó justificar su actuación en la guerra de independencia cubana, el fantasma de la reconcentración empañaría su nombre y se superpondría —sobre todo entre los nuestros— a los logros de su carrera y a los otros rasgos de su carácter.

No sé si Weyler hubiera conseguido liquidar la insurrección en Cuba y, en todo caso, dudo mucho de que, en el proceso de hacerlo, hubiera podido evitar la intervención de Estados Unidos —y la vergonzosa derrota de España— que los horrores de la reconcentración en Camagüey y Oriente más bien habrían precipitado; pero la exitosa campaña que lanzó contra los rebeldes cubanos en el corto tiempo de su mandato en la Isla, es, sin duda —y pasando por alto los fallos logísticos que le impusieron un saldo tan grande de víctimas civiles—, un modelo de la lucha contrainsurgente que se ha aplicado, con algunas variantes y diferentes resultados, en los más diversos escenarios a lo largo del último siglo.

Hispanista revivido.