El disgusto que manifiesta una parte del exilio por la visita del presidente de los Estados Unidos a Cuba carece de fundamentos lógicos

Los cubanos, al término de la guerra civil de 1898, no se juzgaban capaces de resolver solos sus diferencias políticas, como tampoco lo parecen ahora al final de la dictadura. Porque no nos equivoquemos, eso es lo que está sucediendo. El deshielo entre la Habana y Washington significa que el castrismo, construido sobre la quimera de una hostilidad inexistente entre los dos países, está muerto. Ya nada será igual que antes, incluso si se da el caso de un retroceso, pues los Estados Unidos han declarado varias veces que el diálogo es más importante que cualquier presupuesto ideológico o accidente factual.

La posición oficialista la resume un reciente editorial del Granma donde se aclara que pase lo que pase, las relaciones entre los dos países nunca volverán a ser lo que eran antes de 1959. No olvidemos que la soberanía compartida durante 59 años con el poderoso vecino por los triunfadores de 1898, condujo a la actual dictadura. Y que si esta ha conseguido mantenerse hasta hoy, es porque básicamente se fundamenta y justifica en este hecho incontrovertible.

Por muy insoportable que parezca a algunos, la verdad es que aceptando sin condiciones el diálogo ofrecido por Raúl Castro, 117 años después de la ocupación militar de la isla, ha quedado claro que los Estados Unidos reconocen por fin la independencia de Cuba.

Por otro lado, la visita “histórica” de Obama hace olvidar que el problema cubano sigue siendo el mismo que la intervención norteamerica de 1898 postergó. A saber, cómo van a vivir juntos negros y blancos sin tirarse los trastos a la cabeza. La sociedad civil no necesita organizarse porque no existe, necesita crearse.

Ni los distinguidos opositores invitados al encuentro de “alto nivel” con el presidente, ni las autoridades gubernamentales reprentan al pueblo de Cuba que siempre ha salido ninguneado de todas estas componendas.

Obama tiene razón. Los Estados Unidos no pueden ofrecer ya nada más a los cubanos. El trabajo de recontruir la nacionalidad -que está por hacer- les corresponde.  Pero mientras no se lleve a cabo, las posturas de unos y otros no pasarán de berrinches que la historia tal vez considere algún día con asombro.

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