El Comandante Yanqui había nacido en Cleveland, Ohio un 19 de abril de 1928, en el  seno de una familia católica de clase media , su padre era ingeniero.

Anakaona era una princesa taína descendiente de los indios Arawaks, que llegaron a establecerse en las Antillas,  el término Taíno, con que se conocía a los pobladores de La Española, significa “bueno” o “noble”.

De ella José Martí, padre de la patria cubana dijo: “Con Anakaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”, ellos han representado el espíritu de un pueblo que aspira a ser libre, vivir en paz y armonía con el entorno que les rodea, ser honestos y defender lo que consideran los valores esenciales para su dignidad como pueblo y como nación.

El nombre de la princesa que conscientemente desconocía, me fue revelado en un sueño, un día de Agosto en una noche calurosa de verano en la que pensaba ponerle un título a mi novela, aquella palabra  apareció en una portada de un libro, al día siguiente la busqué en Internet y para mi sorpresa apareció el significado de la misma quedándome sorprendido por la revelación, como no podía ser de otra manera  decidí poner como título a mi segunda novela aún no publicada el nombre de Anakaona.

Aquel día comprendí que Cuba era un pueblo que aspira a la libertad y que muchas personas lucharon por ella pagando incluso con el don más preciado que es la vida, permaneciendo muchos de ellos ignorados para la inmensa  mayoría de la población,  que sólo tiene recuerdos buenos o malos para aquellos que triunfaron, olvidando en el pasado a esos héroes  anónimos que entregaron su vida por una causa que consideraban justa.

Un día en una de lecturas que llegaron a mi manos, apareció como surgido de las sombras un hombre llamado William Alexander Morgan popularmente conocido como el Comandante Yanqui o el Yanqui Comandante. La curiosidad me invadió, no alcanzaba a comprender que pintaba un americano en la Sierra Maestra luchando contra el tirano y dictador Batista hasta alcanzar el grado de Comandante revolucionario y  sobre todo cual había sido su final en la Cuba revolucionaria nacida a partir del 1 de Enero de 1959.

En aquellos instantes pensé hacer un artículo distinto a otras publicaciones, donde mezclo  la historia real con parte de los pensamientos y emociones, en un alarde de ficción, que como cualquier ser humano, pudo tener aquel hombre peculiar llamado William Morgan. Este primer artículo comprende un breve resumen, desde que nació hasta su incorporación al Frente de Liberación en el Escambray cubano.

El Comandante Yanqui había nacido en Cleveland, Ohio un 19 de abril de 1928, en el  seno de una familia católica de clase media , su padre era ingeniero. Era un niño con una poderosa imaginación quedándole corto el pueblo de Toledo donde residía, comenzando a forjarse desde su mas tierna infancia el espíritu rebelde que lo acompañaría a lo largo de  su vida.

Desde su juventud fue un niño díscolo  que buscaba afanadamente encontrar un camino en la vida, a los quince años cogió el auto de su padre  y fue detenido por saltarse un control de la policía.

Sus inquietudes lo llevaron de un lugar a otro por los Estados Unidos en  la busca de  una identidad propia. Lo llevaron a enrolarse en el Ejército de Estados Unidos donde fue destinado a Japón. En el viaje del tren hacia California conoció a  una chica y después de permanecer con ella solo 24 horas  contrajo matrimonio que solamente duró tres días.

Corría el año 1946 cuando emprendió viaje  con destino a Kioto,  su destino en las fuerzas armadas. Allí vivió alegremente, apenas contaba con 18 años, era  joven, no tenía responsabilidades y el país le ofrecía una vida nocturna a la que no estaba dispuesto a renunciar bajo ningún concepto,  a pesar de estar sometido a la disciplina militar, allí conoció a una germana japonesa que trabajaba en un club nocturno y como no podía ser menos se metió en un nuevo lío dejándola embarazada.

Cuando llegó el momento del parto solicitó una licencia que no le fue concedida, por lo que no se le ocurrió otra cosa que escapar. Era un espíritu libre, no soportaba aquella prisión donde estaba confinado, por lo que no tuvo ningún tipo de impedimento para intentar lo que había hecho a lo largo de su vida que  era fugarse. Entre el y su compañero de celda no se les ocurrió otra cosa que someter al guardia de seguridad que los custodiaba, quitarle la ropa y su arma reglamentaria y huir nuevamente en busca de la libertad que tanto deseaba.

Como es de suponer la aventura duró poco, pronto fue detenido siendo  reportado a Estados Unidos, donde es condenado a cinco años de prisión que debe cumplir en una cárcel de Michigan y se le expulsa del ejército de Estados Unidos con deshonor, son años duros para aquel joven aventurero que buscaba desesperadamente encontrar  un camino que se le resistía, la cárcel corta definitivamente sus alas y sus ansías de libertad, está confundido y no tiene las ideas claras.

Tiene solo veintidós años  y debe emprender de nuevo el camino, toma la decisión de desplazarse a La Florida en busca un futuro mejor  y se inicia en el arte de la farándula comenzando a trabajar como tragafuegos en un circo donde aprendió el arte de manejo de cuchillos, allí se enamora nuevamente y tiene un romance apasionado con una encantadora de serpientes con la que posteriormente se casó y tuvo dos hijos.

La vida no le sonríe como hubiera deseado, necesita desesperadamente encontrar una causa justa a la que dedicar todas sus energías, pero por el momento no la encuentra y contacta con los bajos fondos  de Miami y concretamente con la mafia americana.

Miami  era el lugar de encuentro de muchos exiliados cubanos,  que  manifestaban abiertamente sus antipatías contra el régimen del dictador Fulgencio Batista, no dudando en organizar actos en los que  públicamente manifestaban su oposición al tirano. Uno  de los asiduos participantes  a aquellos actos era Fidel Castro, un joven abogado de la burguesía cubana que con su brillante oratoria, convence a los asistentes con sus alocuciones para que procedan a financiar aportando fondos para la futura Revolución Cubana con el fin de derrocar al tirano Batista.

En aquel convulso Miami cerca del final de los cincuenta traba amistad con Jack Turner un traficante de armas que surte a la Revolución Cubana en ciernes de las mismas, conociendo posiblemente a su líder. Aquella revolución comienza a calar paulatinamente en su mente y comienza a sentir admiración por aquellos que osan plantarle frente al poder establecido, el también se siente un rebelde en aquella sociedad donde no es capaz de encauzar sus inquietudes, pero le falta dar ese paso al frente para comprometerse definitivamente con la causa que aspira conseguir la libertad para un pueblo oprimido por un tirano restableciendo las libertades de la que injustamente se ha visto privado. Había vivido una vida llena de sobresaltos, nunca se había comprometido con nada, pensaba que la vida había que tomarla como venía, pero ahora su corazón latía de forma diferente, algo en su interior le llamaba a sumarse a aquella Revolución comandada por jóvenes universitarios, campesinos, obreros y gran parte de la clase media,  a los que solo les movía el amor a su país.

La ocasión que le impulsara a tomar  la decisión definitiva no tardó mucho en producirse, un compañero contrabandista había muerto en manos de los hombres de Batista, indignado por la muerte de su compañero en el año 1957, por fin había encontrado ese último impulso que le catapultó a tomar la decisión definitiva de sumarse a aquella Revolución que tanto le fascinaba.

Aquella noche cuando tomó la trascendente decisión que definitivamente iba a cambiar su vida reflexionó, ¿ Que pinta un americano como yo en una revolución como la cubana?. ¿Sólo me mueven los ánimos de venganza, por la tortura a que fue sometido mi compañero o quizás en el fondo de mi ser, late la lucha por un ideal que he perseguido a lo largo de toda mi vida y que hasta este momento no he encontrado?, enseguida descartó la primera posibilidad, detrás de todo ello subyacía ese compromiso que asume uno en determinadas ocasiones por encontrar el camino hacia la felicidad que tantas veces se nos niega. Por primera vez en su existencia, se le abría la posibilidad de luchar por una causa noble que le permitiría encontrar la paz consigo mismo,  dejar atrás una vida disoluta, que posiblemente  le conduciría al desastre final, sumergiendo su frágil nave en las profundidades de un océano tenebroso donde descansaría para siempre. Estaba harto de la vida que llevaba y al fin se le presentaba una causa noble por la que luchar. Al fin y al cabo era un idealista incomprendido por la sociedad donde vivía.

A su mente vino aquella poesía de Martí, que había escuchado unos días atrás:

Yo pienso cuando me alegro
como un escolar sencillo,
en el canario amarillo,
¡que tiene el ojo tan negro!
Yo quiero, cuando me muera
sin patria, pero sin amo,
tener en mi losa un ramo
de flores, ¡y una bandera!

 

En su nueva aventura posiblemente podría morir en una tierra extraña, Cuba no era su patria y se le presentaba la posibilidad de entregar su vida por ella y morir libre sin ningún amo que lo subyugara,  sería por primera vez dueño de su propio destino y posiblemente en su tumba se encontraría aquella bandera cubana por la que había entregado su vida y un pequeño ramo de rosas que demostraba su compromiso asumido. La decisión estaba tomada y ya no había marcha atrás.

Corría el mes de Diciembre de 1957 cuando Morgan llegó a La Habana, nadie podía sospechar que aquel gordito de 29 años no fuera un turista mas que visitaba La Habana en busca de la diversión  que se movía por aquella esplendorosa Habana para sucumbir a los placeres que esta ofrecía.

Llegó vestido con un impecable traje blanco, una camisa blanca y unos zapatos relucientes, a simple vista era el típico turista yanqui que iba a dejarse los dólares en  los múltiples casinos existentes en la capital de la isla.

La forma de vestir  requerida  para entrar en  los casinos, así como el mínimo de las apuestas, excluía a la mayoría de los cubanos como clientes, pero no era menos cierto que un número relativamente pequeño, pero significativo, de cubanos se ganaba la vida trabajando en los casinos, y en los hoteles y cabarets donde generalmente estaban situados. Al turista americano había que molestarlo lo menos posible.

William Morgan nada mas llegar a La Habana se sintió fascinado por la isla,  aquella vida nocturna que tanto conocía de su pasado reciente no le atraía en demasía, por lo que trato en la medida que le fue posible evitarla, se encontraba allí para otra cosa, que no era otra que incorporarse a la Sierra  con el ejército rebelde.

Tenía un contacto con el que había establecido una cita, la noche en que se iba a celebrar estaba francamente nervioso, era plenamente consciente del riesgo que corría si era descubierto por  cualquiera de los órganos represivos con los que contaba Batista, como el Servicio de Inteligencia Militar, el Buró de Investigaciones, el Buró Represivo de Actividades Comunistas, el Comité Investigador de Actividades Comunistas, la Policía Secreta, la Policía Judicial, el Servicio de Inteligencia Naval, el Departamento de Investigaciones de la Policía Nacional, entre otros, posiblemente sus día estuvieran contados.

Caminó lentamente por el Malecón, hasta penetrar en La Habana Vieja, aquella parte de la ciudad le atraía especialmente, era sin duda la esencia de una Cuba intemporal que había sobrevivido en el tiempo frente aquella Habana Moderna. De vez en cuando miraba hacia atrás a ver si alguien lo seguía, pero no observó nada anormal a lo largo del camino, hasta que llegó a la cabina telefónica donde había establecido el contacto. La calle estaba cerca del muelle, desde allí se podía contemplar una vista de La Cabaña, con su puente levadizo y sus paredes cubiertas de musgo,  la más grande edificación militar construida por España fruto de un pasado esplendoroso de la colonia española. Quién podría decirle que aquella visión que se podía observar desde  donde tuvo el contacto para incorporarse a la Revolución, sería testigo el 11 de marzo de 1961 de su muerte, una vez alcanzado el grado de  Comandante de la revolución, a la edad de 33 años, al ser acusado de ser agente de la CIA, sería el mismo lugar donde fue conducido hacia el paredón de fusilamiento, esas sin dudas son las paradojas que ofrece el destino.

William Morgan miró el reloj de pulsera, era la hora convenida y el lugar estaba desierto, empezó a impacientarse, en la lejanía observó como se acercaba hacia él un muchacho de pelo negro y un bigote espeso. Tenía el pulso acelerado, la noche era oscura y podía tratarse de una trampa, allí podrían liquidarlo tranquilamente y probablemente nadie se enteraría, la calle estaba oscura y no existía ningún testigo, se tranquilizó sobremanera cuando reconoció en el la figura de Roger  Rodríguez, al que previamente había conocido en Miami.

Roger, era un estudiante radical que había sido balaceado por la policía cubana en una manifestación contra el dictador y que chapurreaba malamente el inglés. Caminaron largo rato entre las sombras de aquella Habana, hablaron de Revolución, de Camilo Cienfuegos, de Fran País y sobre todo de Fidel, allí Morgan le comunicó  su intención de incorporarse a la Sierra Maestra para luchar contra el dictador al lado de Fidel Castro.

Morgan en el curso de la conversación, le manifestó que había tomado contacto con otro revolucionario que  se había comprometido en llevarlo a las montañas de la Sierra Maestra a reunirse con Fidel, a lo que Roger le comentó que se trataba de un agente de la policía secreta y que había caído en una trampa, por lo  que tenía que abandonar inmediatamente La Habana. El no podía llevarlo a la Sierra Maestra pero que si podría conducirlo a un campamento rebelde en la montañas del Escambray, una cordillera que cruza la parte central del país, donde se uniría a un nuevo frente rebelde.

Roger le comentó que encabezaba el Frente de Liberación, Eloy Gutiérrez Menoyo, un español nacionalizado cubano, extranjero como él, cuya familia era de origen republicano, que se oponía  en España al General Franco desde una posición socialista democrática. Menoyo era hijo de un médico español que se había exiliado en Cuba y cuyo hermano mayor había muerto durante la guerra civil española.

Eloy Gutiérrez Menoyo pertenecía a una organización política llamada el Directorio Revolucionario, frontalmente opuesta a la dictadura de Fulgencio Batista, que el 13 de marzo de 1957 asaltó el Palacio Presidencial, acción en la que murió su hermano Carlos. Eloy Gutiérrez Menoyo se convirtió en el jefe de acción del Directorio Revolucionario en La Habana, y organizó un frente guerrillero en el interior de la isla, que se adoptó el nombre Frente Nacional.

Por fin llegó el gran día que tanto añoraba,  era el momento de incorporarse a aquella Revolución, su corazón latía ansioso como cuando era niño, se sentía feliz era como si lo hubieran liberado de todas aquellas cargas que lastraban su vida anterior y que le impedían encontrar su verdadero destino.  El coche era un viejo carro a cuyo volante se encontraba un hombre joven de aproximadamente treinta  y cinco años, sin duda un revolucionario que no hablaba una sola palabra de inglés al que acompañaba su amigo Roger, su destino era Banao una pequeña población situada en la provincia de Sancti Spiritus, cerca de las montañas del Escambray. El día amaneció claro no existía una nube en el horizonte, Morgan iba vestido con su impoluto traje blanco, cuando el vehículo emprendió rumbo por la carretera Central para llegar a su destino, cualquiera que hubiera visto los tres ocupantes de aquel vehículo no podría imaginar que aquel americano era un aspirante a revolucionario, sino que se trataba de un turista que se encontraba realizando una visita turística a la isla. El viaje discurría plácidamente por aquellas carreteras solitarias del centro de Cuba, cuando de repente el vehículo se encontró con un control militar que les ordenó detenerse.

El corazón de William Morgan tembló, sabía que si era descubierto  sus días habían terminado para siempre. El soldado les pidió la documentación, afortunadamente ninguno de los ocupantes del vehículo estaba fichado y les preguntó que hacían por aquellas tierras. El chófer le comentó que el americano era un hombre con una fortuna considerable, que tenía previsto invertir en la compra de una plantación de café cercana. El soldado creyó la historia y los dejó continuar su camino.

William Morgan sentado en el asiento trasero del vehículo permanecía mudo mientras contemplaba absorto aquella conversación  sin entender absolutamente nada de lo que allí se debatía, sin duda le pareció que el tiempo no discurría y que su final estaba  más cerca, en aquella carretera y en el puesto militar posiblemente se había acabado para siempre su proyecto revolucionario.

Cuando el carro emprendió nuevamente el camino por aquella tortuosa carretera todos respiraron aliviados, por fin habían superado el obstáculo. Nadie pronunció palabra alguna durante un buen rato, la tensión padecida durante aquellos minutos los había dejado sin habla, todos miraban hacia atrás constantemente a ver si alguien los venía siguiendo. Unos kilómetros mas adelante pararon junto  a una casa e invitaron a Morgan a bajarse. El chófer se dirigió a la dueña de la casa, que sin duda por la afabilidad  mostrada, lo conocía de tiempo atrás, ella los invitó a pasar a su interior y sentarse en una modesta mesa mientras ella se dirigía a la cocina.

Al cabo de unos instantes el olor al intenso café cubano inundó la estancia contigua, al rato apareció la señora con las tazas de café, un trozo de queso tierno y dulce de guayaba. Aquellos deliciosos manjares producto del campo cubano a Morgan le supieron a gloria, a una libertad recién conquistada, disfrutando de una paz interior que no vivía desde niño, aquella cena siempre formaría parte de su recuerdo.

Después de permanecer largo rato emprendieron de nuevo el camino, el aire limpio de las montañas llenaba sus pulmones mientras el vehículo ascendía por las tortuosas carreteras camino a su destino, el aire se volvía cada vez  más frío y limpio. Dejaron el vehículo al final de un camino y comenzaron a ascender lentamente por un tortuoso camino, la luna brillaba en toda su inmensidad y les servía como una linterna en la noche que alumbraba el camino para conducirlos a su nuevo destino. Era cerca de la media noche cuando encontraron en las faldas del Escambray, una pequeña casa campesina en medio la nada. Su acompañante tocó con los nudillos la puerta, del interior salió un guajiro que los invitó a pasar  y les ofreció un catre donde pasar la noche.

El silencio era absoluto, solo era interrumpido de vez en cuando por el graznar de las lechuzas y los búhos, el cantar de unos grillos y el revoloteo de insectos que no podía determinar de que se trataban. Aquella noche no pudo dormir por los acontecimientos vividos horas atrás y por el ansia de llegar cuanto antes a aquel campamento de revolucionarios en pleno corazón de la Sierra Maestra.

Eran las primeras horas de la mañana cuando un guajiro tocó en su puerta  y con señas le manifestó que lo acompañara. Cuando salieron al exterior después de tomar un café y una copa de aguardiente de caña para entrar en calor, el sol no había hecho acto de presencia en aquellas montañas de la cordillera central cubana, cuando emprendieron la marcha por aquellos escarpadas montañas, la claridad del nuevo día comenzaba a nacer, un sinfín de cantos de pájaros de las mas diversas especies daban la bienvenida como cada mañana al nuevo día mientras ellos atravesaban plantaciones de bananos. Su acompañante no pronunciaba palabra alguna y todos caminaban silenciosos en busca de su destino. Morgan nunca se había sentido tan cerca de la libertad como en aquellos momentos en medio del monte, por fin era dueño de su propio destino mientras observaba maravillado como los rayos de luz atravesaban aquellos arbustos iluminando todo lo que encontraban a su paso.

Después de un largo rato de caminata el campesino paró en medio de un claro del bosque, el guajiro hizo un sonido como el del trino de un pájaro, que se expandió a lo largo de aquel bosque. La contestación no tardó en llegar mediante un silbo, apareciendo un revolucionario en unos instantes como surgido de la nada en medio de aquel claro del bosque. Allí Roger se despidió de su amigo y emprendió el retorno.

El centinela y  Morgan avanzaron lentamente a lo largo de la espesura del frondoso bosque por laderas escarpadas, las plantas de miles de especies que jamás había visto como las preciosas orquídeas silvestres y los grandes helechos lo tenían fascinado, la inmensa variedad de pájaros como los  cateyes, la paloma aliblanca, el zunzún o colibrí , las cotorras, el pájaro carpintero, el llamado bienteveo y un sinfín de especies de aves más lo tenían impresionado, los caudales de agua corrían a lo largo de aquellos paisajes, si el paraíso existía aquello era lo mas cerca que estaba en la tierra.

Por fin llegaron al campamento montado entre diversas correntias de aguas, donde colgaban abundantes hamacas, el esperaba encontrar un poderoso grupo organizado, con un armamento poderoso con el que podía hacer frente a las tropas de Batista, pero lo que realmente encontró era un grupo de unos treinta hombres en su mayoría estudiantes, con nula preparación militar, desnutridos y con un armamento obsoleto.

Pensó que si ese pequeño grupo osaba a hacerle frente a un poderoso ejército como el de Batista, era una utopía típica de soñadores, si la Revolución estaba compuesto por un grupo como aquel pocas posibilidades tenían de derrotar a un tirano, sin embargo se quedó maravillado de la fe inquebrantable que poseían para enfrentarse al destino y salir vencedores, aunque la lucha era francamente desigual.

El a pesar de todo había llegado allí para quedarse, tenía una formación adquirida en el ejército americano y estaba dispuesta  a transmitírsela a aquellos valientes que luchaban por una causa justa, por fin había encontrado su propio camino y el tiempo diría si su esfuerzo había merecido la pena, e hizo suyo aquel famoso lema de la Revolución ¡Patria! o ¡Muerte!.

A partir  de aquel momento estaba comprometido con aquella Revolución naciente.

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Agustín Ravina Pisaca escritor de “Mi Habana en el Recuerdo”

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