José Gabriel Barrenechea.
Se puede llamar a la abstención en el próximo Referendo Constitucional. Ante un régimen que indudablemente solo pretende hacerse a sí mismo cambios cosméticos, o incluso sentar las bases legales para endurecer aún más su actitud hacia sus críticos, como lo demuestra el actual acoso a Fernando Ravsberg, es sin lugar a dudas una manera categórica de mostrar el cansancio que de él siente la sociedad cubana.
Sin embargo hay un grupo de razones que aconsejan preferir el NO a la inasistencia.
La primera es que no votar es un acto público de desafío; mientras que votar NO queda en el anonimato. Y dado que hablamos de un posible endurecimiento gubernamental ante la actitud contestataria, y a la vez todos sabemos (o recordamos) las consecuencias que puede tener desafiar públicamente al régimen, resulta evidente que en esas condiciones es más probable obtener de los ciudadanos un mayor apoyo para una campaña en que se pida votar NO (acción anónima contra la cual no es posible tomar represalias), que para otra en que lo solicitado sea el abstenerse de ir a votar (acción pública contra la que sí se puede).
Calculemos: Si el 17% que se abstuvo de votar el pasado 11 de marzo fuera redirigido ahora por una acertada campaña a través de todos los medios posibles hacia el NO, ¿a qué por ciento podría llegar ese voto si tenemos en cuenta a los muchos que no se atreven a no votar, por miedo a las represalias? Solo tengamos en cuenta a aquel 19% de los que asistieron a urnas pero que prefirieron votar selectivamente al oficialista voto unido. Ellos representan aproximadamente otro 17% del padrón electoral. O sea, que si solo lográramos redirigir hacia el NO a los abstencionistas y votantes selectivos de este 11 de marzo alcanzaríamos para esa opción nada menos que un ¡34% de votos!
Pero si sumáramos también los votantes en blanco, o los que anularon la boleta, ese por ciento crece hasta el 38%.
¿Pero cuántos más podríamos sumar entre esos otros muchos que marcaron en la casilla del voto unido solo por salir lo más rápido de un trámite, votar en las elecciones para diputados, mediante el cual saben, presienten, o adivinan no tienen posibilidad real alguna de decir que no a la lista de candidatos que se les presenta en boleta? ¿Cuántos más, ahora que estaríamos haciendo una campaña en que se pide algo no tan riesgoso y muy concreto, votar NO; en un tiempo en que el control del régimen sobre la información que recibe el ciudadano ya no es ni mucho menos total, o aun de importancia en algunas regiones del país (en La Habana, por ejemplo)?
No nos ceguemos: Entre un 40 y 50% de voto NO en nada obligaría al régimen, es cierto, pero marcaría un antes y un después en la actitud de la ciudadanía, y en última instancia sería un medio propagandístico eficacísimo para demostrarle al mundo que el apoyo al régimen no es de la magnitud que este presume.  Que por el contrario, en Cuba, a pesar del control total del régimen sobre los medios impresos, televisivos y radiales, y su constante intento de interferir o bloquear los alternativos, un significativo por ciento de la ciudadanía ha apoyado una opción antigubernamental.
Porque aclaremos que no se puede identificar el NO con alguna propuesta gubernamental.
Las dos implicaciones posibles del NO son por entero antigubernamentales: O significa, NO, no nos conformamos con lo propuesto por la comisión presidida por el señor ese que todavía nos debe un vasito de leche, queremos más; o en el caso de los comecandela ultramontanos implica que no se quiere ningún cambio, que se ha votado por seguir igual que cuando Fidel, y que se ha hecho por lo tanto en contra de la propuesta gubernamental, en violación del principio central castrista de unidad en el apoyo a todo lo que se proponga desde arriba.
En todo caso esto último implica la espectacular noticia de que la base de apoyo de la clase dirigente se ha dividido. Y como se sabía desde Platón y fuera establecido explícitamente por Pareto y Lenin, esto es el signo más claro de que se dan las condiciones para la caída de un régimen. Recordemos: no es tanto que los de abajo no queramos seguir como hasta ahora, si no que los de arriba no puedan, y de ahí las divisiones en el consenso al interior de la élite, consenso que pudo mantenerse mientras no había graves problemas en conservar el status quo.
La segunda razón tiene que ver con la interpretación que podría darle el régimen a los resultados: Para este es relativamente más fácil presentar como sin importancia, o incluso obviar, un determinado por ciento de inasistencia, que hacer lo mismo con el siempre necesariamente mayor por ciento de voto negativo que se cosecharía si la campaña se dirigiera con toda su fuerza hacia ese fin.
Vivimos en un área geográfica en que la participación en procesos electorales no tiende a ser muy alta: En los EE.UU., o en Colombia, gira alrededor del 50% (en nuestro vecino del norte ronda el 40% en las legislativas de medio término), en México sobre un 60%. En estas condiciones no le resultaría difícil al post-castrismo, ante un abstencionismo que nunca excederá el 25%, echar mano del mismo recurso comparativo que el Madurismo  para justificar ese bajo nivel de inasistencia.
Pero aun, un post-castrismo un poco más hábil en volver a su favor argumentos ajenos, podría muy bien presentar ese aumento de inasistencia como prueba de que la sociedad cubana se liberaliza: Ya a nadie se lo presiona en Cuba para salir a votar, sugeriría Díaz-Canel mientras observa con el rabillo del ojo al vejete con las charreteras cargadas de estrellas que dormita a su lado. O quizás afirmaría sin pestañear que, como nuestro pueblo ha comprendido la solidez de su sistema político-social, muchos ahora se dan el lujo de no participar en la seguridad de que sus conciudadanos tomaran la decisión correcta (fíjense, por favor, en lo poco que pestañea nuestro hombre).
En todo caso debe tenerse en cuenta que más fácil que cambiar los votos lo es en Cuba alterar los registros, dado que los mismos dependen de una organización paraestatal como el CDR, y dado que aquí nadie de los de a pie tiene idea clara de cuántos habitan y tienen derecho al sufragio en una región determinada. Es por lo tanto relativamente fácil cambiar el registro, a cualquier nivel, pero muy difícil hacer fraude en un sistema en el que participan tantas personas (unas 200 000, incluidos niños), y en un país en que sus habitantes tienden a no ocultarse nada en sus conversaciones. Es por esto último que ante un elevado por ciento de voto NO, si luego Alina Balseiro nos saliera con un valor menor del mismo (incluso uno real pero menor que el que subjetivamente esperara la ciudadanía), una ola de subterránea contrariedad recorrería la Isla[i].
Y ya que como decimos saber el régimen nunca admitirá el NO, al menos en un por ciento que supere el 38%, podría precisamente ser esto lo que se persigue con el NO: obligar al régimen, al hacer fraude, a generar una razonable irritación en la población que la lleve a aumentar en su grado (muy bajo ahora, casi inexistente) de politización.
Porque nada hay tan peligroso como ilusionar a la ciudadanía de que por primera vez en mucho tiempo se tiene verdadero poder de decisión, de decir Sí o NO, para que luego a la hora de la verdad se compruebe que todo no ha pasado de un burdo engaño más.
Ligado a lo anterior hay una tercera razón, y que se aplica solo a aquellos que pueden votar desde el exterior (entre un 1 y un 2% del padrón electoral): En este caso, al no existir registros electorales claros, el régimen puede manipular todavía con mayor holgura los números y hacer “desaparecer”[ii] a muchísimos votantes (incluso a la mayoría).
Por lo tanto, si no discutimos que en el caso del votante de la Isla la inasistencia es también un recurso, aunque de muchísima menor eficacia que el NO, en el de aquel a quien se le permite votar desde el exterior ya no lo es. Ante él, antes de aceptar el que lo “desaparezcan” al no asistir, solo le queda un recurso: Ir a votar NO.
#XelNO.
[i] En todo caso la Ley permite que todos los ciudadanos estemos presentes en el momento del escrutinio en cualquier Mesa (artículo 112; Ley 72, Electoral). Personalmente, de manera disciplinada, sin poses para sobresalir y sin intentar hacer de ello un show mediático, como un simple ciudadano más, estaré presente en la que haya realizado mi voto. Le sugiero a todos que hagan exactamente lo mismo, que por ejemplo los que lo tengan asistan sin móvil encima, y que solo abandonemos dicha actitud reservada, respetuosa, si la Chusmosidad del Estado intentara impedirnos realizar ese deber ciudadano.
[ii] En mayor escala que lo que ha venido haciendo en las últimas elecciones con los electores de la Isla, y lo que explica la existencia de unos 300 000 electores que aparecen en los Registros antes de las elecciones para desaparecer inmediatamente después de ellas, con el evidente propósito de reducir así los por cientos de inasistencia a urnas.

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