¿Y la dictadura? Bien, gracias

Durante una comparecencia pública, me llamó la atención un detalle singular de la expresión corporal de Ben Rhodes. Mientras discurseaba, tratando de convencer a los cubanoamericanos sobre lo conveniente de la apertura del gobierno americano con la dictadura de los Castro, se ponía un pie sobre el empeine del otro, inconscientemente.

Cuando un cineasta joven cubano lo conminó a salirse de su bien estudiado guión, preguntándole en español, porque decía haberlo visto entender ese idioma en otra de sus intervenciones, el asesor de seguridad trastabilló, se puso hosco y evitó al interlocutor.

Después desapareció prácticamente del escenario público hasta ahora que ha vuelto a salir a la palestra para apoyar la abstención de Estados Unidos sobre la votación en la ONU del embargo a Cuba.

Un día después de justificar la nueva e inédita política, se dejó entrevistar por CNN para repetir la vieja fórmula de hacer concesiones a la dictadura y luego dejarle saber amenazante, a sus personeros, que esperan reciprocidad al respecto.

Así predicó el sagaz Rhodes: “Incluso si levantáramos el embargo, necesitaríamos ver que el gobierno cubano sigue avanzando en sus reformas económicas”.

El “avance” al cual hace mención, se circunscribe a timbiriches de mala muerte y restaurantes para celebridades, lo cual es una extraña manera de sacudirse el totalitarismo, sobre todo cuando de pronto, sin previo aviso, el régimen le pone un freno a licencias para nuevos tugurios gastronómicos, además de que pelotones de inspectores le hacen la vida imposible a los cuentapropistas con multas y amenazas.

Por supuesto que la casta militar que detenta el poder en Cuba, se rasca la barriga con las advertencias del joven majadero “imperialista” y monta una sonada campaña sobre el éxito rotundo de la perseverancia de la revolución en la arena internacional.

El joven funcionario de los inquietos pies cruzados hizo las menciones acostumbradas y casi protocolares de la violación de los derechos humanos y de la poca conectividad de la población con la Internet, los cuales “no están en la escala” que Washington desearía para la nueva Cuba de relaciones y negociaciones.

La prensa oficial cubana ignora las declaraciones de Rhodes y de la embajadora americana en la ONU, quien también la emprendió contra la represión en la isla.

Ha movilizado todos sus medios, que son eficaces a la hora de adoctrinar, para contarle al pueblo sobre la gran batalla librada, sin entrar en los pormenores de que el embargo es una ley codificada que necesita del Congreso de los Estados Unidos para ser rescindida.

Ese menesteroso pueblo acepta la nueva andanada propagandística con estoicismo, como otra de las formas acostumbradas de su arte de esperar lo que nunca llega, la posibilidad real del libre albedrío sin cortapisas ideológicas.

Coincidentemente, en Venezuela, otro pueblo se resiste a ser pisoteado y aniquilado por una inopia semejante y discute sus derechos en la calle masivamente, a expensas de la violencia disparatada de un gobernante obtuso y prepotente.

Mientras el famoso cantante venezolano Franco de Vita llora, impotente, ante las cámaras de televisión durante una entrevista, por el sufrimiento de sus compatriotas, los artistas e intelectuales cubanos son conminados a expresarse sobre el triunfo en la ONU y entran en un estado de incontinencia verbal que causa vergüenza ajena.

Una de las opiniones más sorpresivas proviene de la reclusiva actriz Mirta Ibarra cuando afirma que ahora la mayoría de las comunidades de países reunidos en la ONU podrán reconocer con claridad el cambio en la postura del imperio vecino y la victoria del resistente pueblo cubano.

¿Y la dictadura? Bien, gracias.

ALEJANDRO RÍOS-Crítico y periodista cultural.

Hispanista revivido.