Ser ex-cubano es no verse sometido más a colectivizaciones forzadas como las escuelas al campo

Walfrido Dorta

Entendamos lo que dijo el periodista del oficialismo nacional Randy Alonso. El deportista Orlando Ortega no tiene que dedicarle su medalla a Fidel Castro. Está decentemente pagado, no tiene ya que depender de las migajas de un Estado despótico que administra bienes como un carro o una casa según lealtades ideológicas y veneraciones públicas al viejito de 90 años. Es muy probable que tendrá un retiro adecuado, y no se morirá de hambre y olvido, como otros deportistas en Cuba, u otros que combatieron en Angola o en Etiopía. Orlando Ortega es un deportista ex-cubano.

Ser ex-cubano es no verse sometido más a colectivizaciones forzadas como las escuelas al campo; los matutinos escolares de adoctrinamiento; las escuelas vocacionales; las llamadas por un celular a un familiar en una plaza pública donde todos oyen a todos, porque ese gobierno ha decidido inconsultamente, como casi todo lo que decide, que la gente tiene que acceder a internet de esa manera promiscua y precaria.

Ser ex-cubano es no ser pagado miserablemente como profesional, o no ser canjeado en una misión médica por políticas del socialismo bolivariano de Estado, que vende mano de obra cara y entrega a esas personas, de nuevo, migajas de contentamiento.

Es hablar libremente, pensar libremente, discutir libremente, aun cuando la libertad misma de estas acciones sea discutible o matizable; de todas formas, es libertad mayor. Ser ex-cubano es no vigilar a tus amigos o a tus vecinos, no desconfiar de ellos porque pueden ser agentes del Ministerio del Interior. Es tener movilidad para reunirse, para formar asociaciones, para disentir.

Bienvenida esta ex-cubanidad.

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Hispanista revivido.

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