Francisco de Zurbarán. San Serapio, 1628. Óleo sobre lienzo, 120,2 x 104 cm. Hartford, CT, Wadsworth Atheneum Museum of Art. The Ella Gallup Sumner and Mary Catlin Sumner Collection.

 

Madrid, 6 de mayo de 2015.

Querida Ofelia:

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta este verano la exposición Zurbarán: una nueva mirada, que plantea una revisión actualizada de la obra de este gran maestro del Siglo de Oro español desde la perspectiva de los descubrimientos y estudios realizados en las últimas décadas, que han venido a enriquecer el conocimiento del artista y de su trabajo.

Francisco de Zurbarán y su obra han sido objeto de numerosas muestras, desde la primera organizada en Madrid en 1905 hasta las múltiples manifestaciones artísticas que conmemoraron el IV centenario de su nacimiento en 1998, y que culminaron con una gran exposición monográfica en Sevilla. Diez años antes, en 1988, la extensa antológica celebrada en el Museo del Prado supuso una puesta al día de los estudios sobre el pintor y su personalidad pictórica, pero evidenció también lagunas que afectaban al taller, a la datación de algunas obras o a momentos de su vida; aspectos que han podido conocerse gracias a las investigaciones llevadas a cabo desde entonces hasta la actualidad. Esos más de 25 años transcurridos son una buena razón para dedicarle una nueva exposición monográfica que ahonde en su figura, su obra y su tiempo y que, lejos de pretender ser una revisión exhaustiva, presente algunas de las más importantes novedades y descubrimientos, obras inéditas o recientemente recuperadas y piezas restauradas para la ocasión.

Tras su presentación en Madrid, para la que cuenta con el mecenazgo de Japan Tobacco International, la exposición viajará a Alemania, al Museum Kunstpalast de Düsseldorf, donde podrá visitarse del 10 de octubre de 2015 al 31 de enero de 2016. La selección de obras realizada por las dos comisarias del proyecto -Odile Delenda, autora del catálogo razonado del pintor y colaboradora del Instituto Wildenstein de París, y Mar Borobia, Jefe del Área de Pintura Antigua del Museo Thyssen-Bornemisza- se ha centrado en primer lugar en la obra autógrafa de Zurbarán, con piezas destacadas de distintas épocas y de algunos de los grandes conjuntos que realizó a lo largo de toda su carrera. Los préstamos proceden de colecciones y museos españoles, europeos y americanos, e incluyen algunas obras nunca antes expuestas en España y otras que han pasado a formar parte del catálogo del pintor después de 1988. También se presenta por primera vez una sala dedicada a la producción de los ayudantes del taller y otra a la naturaleza muerta, en la que se reunirán algunos de los escasos bodegones del maestro junto a los de su hijo Juan, colaborador y discípulo aventajado, cuyas magníficas pinturas de flores y frutas han sido recientemente redescubiertas y puestas en valor.

Francisco de Zurbarán es uno de los artistas más avanzados de su época. El atractivo de su obra desborda ampliamente el ámbito hispano y lo convierte en figura incontestable entre los nombres más destacados de la pintura europea. Pintor de lo concreto, sus formas geometrizadas, de duras aristas, y sus grandes superficies lisas, junto con el universo solemne y silencioso que transmite su obra, lo conecta con algunas sensibilidades de movimientos artísticos del siglo XX, del cubismo a la pintura metafísica, poniendo de manifiesto su gran actualidad.

Zurbarán es también uno de los pintores españoles del siglo XVII que mejor ha expresado el sentimiento religioso, realizando en su obra una sutil síntesis entre misticismo y realismo. Pasó la mayor parte de su vida en Sevilla, dedicado a la ejecución de cuadros de devoción, retablos o ciclos monásticos para las numerosas comunidades monacales florecientes en aquella época, como dominicos, franciscanos o mercedarios. Los religiosos sevillanos le encargaban conjuntos que marcaron la cadencia de su carrera artística y que, desde época temprana, requirieron la participación de un taller. Su estilo original, muy característico y de lenta evolución, está vinculado a una concepción tenebrista de la luz, sumándose a unas composiciones sencillas y estáticas, y a una minuciosa factura de los valores táctiles de los objetos representados.

Las figuras escultóricas, de porte monumental y llenas de dignidad, se construyen con solidez en el espacio bajo una luz rotunda y plenamente humanas, dando la sensación de estar transfiguradas por su fe. Colorista excepcional, su profundo interés por expresar la calidad de las cosas, hace que las telas y los enseres representados, sean de la naturaleza que sean -flores, frutas, vasijas- y aún colocados en lugares secundarios, adquieran el rango de protagonistas junto a los rostros y las manos de los personajes. Alguno de los mejores ejemplos los encontramos en su famosa serie de santas que representa de forma completamente novedosa, solas, vestidas con ricos y suntuosos trajes y con rostros de gran belleza y mirada expresiva. De sus manos han surgido también algunos de los bodegones más influyentes de la pintura española. Construidos con pocos y toscos objetos, estas obras tienen la virtud de transmitir al espectador todo un mundo de sensaciones plenas de trascendencia.

Sesenta y tres obras, en su mayoría de gran formato, se presentan distribuidas en siete salas, siguiendo un orden cronológico y atendiendo también a la naturaleza del encargo por el que fueron ejecutadas. Con este planteamiento, el visitante encontrará espacios dedicados a las grandes comisiones de las comunidades religiosas junto a otros donde se contemplarán obras individuales destinadas a la devoción privada, incluyendo en mitad del recorrido las dos salas dedicadas a los bodegones y a los artistas que colaboraron en su taller.

Hijo de un comerciante acomodado, Francisco de Zurbarán nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598 y fue el menor de cinco hermanos varones. Se formó en la cercana Sevilla, en el taller de Pedro Díaz de Villanueva, donde está documentado en enero de 1614. Concluido su aprendizaje, contrae matrimonio con María Páez en 1617, en Llerena, con 19 años de edad. Con ella tuvo tres hijos, entre ellos Juan, futuro pintor y colaborador. Zurbarán se casó en dos ocasiones más, con Beatriz de Morales en 1625 y con Leonor de Tordera en 1644.

Sus primeros encargos llegarían del entorno más inmediato, hasta que en 1626 firma un contrato para realizar 21 pinturas para los dominicos de San Pablo el Real de Sevilla. Esta tarea, con escenas de su fundador y que se comprometió a realizar en ocho meses, le abrió las puertas de la ciudad. Logró así nuevos encargos, como el del convento de la Merced Calzada, un conjunto dedicado a san Pedro Nolasco al que estaba destinado la que se considera una de sus obras maestras de juventud, el San Serapio (1628) del Wadsworth Atheneum de Hartford, una de las piezas destacadas de la exposición y solo expuesta en España en una ocasión hace más de cincuenta años. En esta primera sección se incluyen además algunas obras importantes de nueva atribución, como la Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco (c.1628-1630) de una colección privada de París, y otras nunca antes vistas en nuestro país, como San Francisco de pie contemplando una calavera (c.1633-1635) o San Blas (c.1633-1635), procedentes de San Luis y Bucarest, respectivamente.

En 1629, Zurbarán se instaló con su familia y ayudantes en Sevilla; ahí continuó trabajando en grandes conjuntos solicitados por diferentes órdenes religiosas. En 1634 su reputación y su amistad con Velázquez le brindaron la oportunidad de liberarse de la tutela de su clientela monástica y colaborar en la mayor empresa madrileña de la época: la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Zurbarán se traslada por un tiempo a la capital, donde pinta dos grandes cuadros de historia con el tema del Socorro de Cádiz y una serie sobre los trabajos de Hércules cuyo tratamiento, muy realista, sorprende todavía hoy.
De regreso a Sevilla, realizó dos de sus series más importantes: el retablo mayor para la cartuja de Jerez (Cádiz), desmembrado a principios del siglo XIX, y el conjunto del monasterio de Guadalupe (Cáceres), único encargo que ha permanecido in situ hasta la actualidad. Los grandes ciclos monásticos de 1638 y 1639 marcan el apogeo de su carrera. La adoración de los Magos (c.1638-1639) procedente del Musée de Grenoble o el Martirio de Santiago del Museo del Prado son dos de los magníficos ejemplos reunidos en esta sección.

Tanto el maestro como el taller se interesaron por el mercado americano, especialmente de Lima y Buenos Aires, hacia donde embarcaron pinturas destinadas a iglesias y monasterios. A partir de 1640, su taller se centra en importantes series de personajes de pie, iniciadas con Los Apóstoles de Lisboa (1633) y con frecuencia destinadas al mercado colonial. Cristo muerto en la Cruz del Museo de Bellas Artes de Asturias, colección Pedro Masaveu, la Casa de Nazaret de una colección madrileña o San Francisco en meditación de la National Gallery de Londres, son algunos de las piezas destacadas en esta sección; junto a ellas se exponen otras de más reciente atribución, como la Huida a Egipto del Seattle Art Museum o San Antonio de Padua, procedente de la Commune d’Etreham.

El estilo de Zurbarán empezó a cambiar hacia 1650, cuando su pincelada se torna más suave, los efectos lumínicos se moderan, los fondos se vuelven más claros y las tonalidades de sus figuras se hacen mucho más luminosas. De esta etapa son los óleos de la Cartuja de las Cuevas de Sevilla y gran número de escenas sagradas destinadas a la devoción privada. La belleza de su estilo tardío muestra una evolución de su pintura hacia unas cotas mayores de dulzura y refinamiento. Incluso antes que Murillo, Zurbarán se hace eco también con gran naturalidad de la renovación que introduce la Reforma Católica. Su entrañable mirada sobre la infancia se expresa en imágenes de la Virgen niña y en sus jovencísimas representaciones de la Inmaculada, devoción nueva de la que Sevilla se convierte en adalid. Esta última sección presenta el mayor número de obras incluidas recientemente en el catálogo del pintor, entre ellas, San Francisco rezando en una gruta (c.1650-1655) del San Diego Museum of Art, Cristo crucificado con San Juan, la Magdalena y la Virgen (1655), Virgen Niña dormida (c.1655) o el magnífico óleo de los Desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría (1660-1662), todos ellos de colecciones privadas.

Exposición: Zurbarán: una nueva mirada. Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza, del 9 de junio al 13 de septiembre de 2015; Düsseldorf, Museum Kunstpalast, del 10 de octubre de 2015 al 31 de enero de 2016. Comisarias: Odile Delenda, autora del catálogo razonado del pintor y colaboradora del Instituto Wildesntein de París, y Mar Borobia, Jefe del Área de Pintura Antigua del Museo Thyssen-Bornemisza.  Comisaria técnica: Mª Eugenia Alonso, Área de Pintura Antigua del Museo Thyssen-Bornemisza. Número de obras: 63 óleos (47 de Francisco de Zurbarán, 7 de Juan de Zurbarán y 9 de colaboradores y seguidores). Publicaciones: Catálogo con textos de Odile Delenda, Enrique Valdivieso, José Fernández López, Benigto Navarrete, Almudena Ros de Barbero y Mar Borobia, cronología de María Eugenia Alonso y comentarios de las obras de Odile Delenda y Almudena Ros de Barbero (edición en español e inglés).

Un gran abrazo desde nuestra querida y culta Madrid,

Félix José Hernández.

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